Posts tagged ‘melancólico’

NO JOY IN MUDVILLE – Death Cab for Cutie


Del álbum We have the facts and we’re voting yes (Barsuk, 2000)

Lo primero que me sorprendió de esta canción de Death Cab for Cutie fue su pausado arranque, ese tempo casi inmóvil por el que desfilan en homorritmia (es decir, al unísono) bajo, guitarra, glockenspiel y batería. Esa misma coincidencia temporal vuelve a aparecer en la coda del último minuto, en la que ya solo bajo y guitarras puntean la melodía. Un ritmo marcado que me hace pensar en las manecillas de un reloj y en lo que representan: el tiempo como cambio, como el paso de un estado a otro.

En ‘No joy in mudville’ pasamos de la contención al desgarro de la guitarra distorsionada (a mitad de canción), de la misma forma en que los días nos deparan momentos de mayor o menor intensidad. En ese estallido, DCFC se aproxima al slow-core e incluso a grupos de post-rock como Explosions In The Sky, si bien desde sus orígenes han sido encuadrados en el indie-rock junto a otras bandas coetáneas del Pacífico Oeste norteamericano como los fabulosos Built To Spill y los no menos reputados Modest Mouse.

Porque independiente, desde luego, era el sello Barsuk en el que fue grabado el segundo disco de DCFC, ‘We have the facts and we’re voting yes’. De la misma forma, Chris Walla, miembro del grupo y productor de este álbum, es considerado como uno de los productores más prolíficos del indie-rock en Seattle, donde ha grabado a grupos como Nada Surf, The Postal Service (magnífico proyecto paralelo de Ben Gibbard, cantante de DCFC), The Decemberists o Tegan and Sara, entre otros.

Tal vez La Ciudad de la Lluvia tenga algo que ver con el sonido de este disco, que a ratos es la versión sin rabia del grunge (también llamado Seattle sound), aunque siempre desde un prisma más pop y atento a las melodías. En cualquier caso este álbum del año 2000 suena aún bastante al rock de los 90, supongo que por eso desde un principio me identifiqué bastante con él. Año 2000… ¡de eso hace 12 años! Vaya, últimamente todo se me convierte en tiempo.

Para empezar, el tiempo libre que he ganado tras dejar mi trabajo. Y con tiempo libre no me refiero solo a tiempo de ocio, sino a la parte de mi tiempo que yo gestiono (libremente). Casualidades de la vida, mi madre ha sido pre-jubilada en la última semana, lo que ahora le planteará esa engorrosa cuestión de qué hacer con su tiempo (el libre).

Ya hace unos meses, cuando fue mi padre el que se jubiló, le regalaron un bonito reloj, animándole a aprovechar cada minuto del resto de su –nueva– vida. Poco tiempo antes, justamente mi padre me contaba su fascinación por el Movimiento Slow, que aboga por un ritmo de vida más lento. En general, él siempre ha preferido hacer las cosas a fuego lento, en la creencia de que los resultados son siempre mejores. Y mi padre sabe mucho de cocina.

Predecir lo que estaré haciendo dentro de otros 12 años es difícil y, la verdad, muy poco atractivo (no confundir con mi atractivo dentro de 12 años: eso está fuera de discusión, jeje). Pero sí puedo intuir algo del futuro: que esta canción me seguirá gustando, porque hay cosas ­–buenas– que no cambian. Hazme caso y escucha este comienzo sin prisas. Tómate tu tiempo.

el fuego fatuo

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25 mayo 2012 at 4:17 pm 2 comentarios

LOVE MY WAY – The Psychedelic Furs


Del álbum Forever now (CBS, 1982)

Los Pieles psicodélicas sacaban su álbum recopilatorio All of This and Nothing en el año 88, estando yo en plena adolescencia y receptivo para todo aquello que sonase a pop y rock “diferente”. Gracias a este vinilo, que aún conservo, conocí y berreé todos sus éxitos. Y recuerdo especialmente la sensación que tenía cuando escuchaba su música: era una especie de inquietud. Me gustaban sus canciones, son pegadizas y funcionan en general con comodidad. Es un pop con un alto potencial comercial. Sin embargo, la voz cascada y más grave que aguda de Richard Butler, los teclados oscuros de pads ochenteros dando pinceladas por aquí y por allá, el uso del saxofón (instrumento que no apreciaba yo en su justa medida) y esa cierta melancolía que respiraba la new wave, me dejaba sin saber si debía apostar todo por ellos o retirar la puja. Hoy tengo la respuesta, muy lógica y evidente: depende ;)

Dando un repaso a su discografía y sus éxitos, encuentro detalles que refrendan mi opinión. La propia estética de las portadas pasa del estilo Velvet y de pop Warhol que lucen en sus primeros discos, al glamour que respira su 4ª portada, cercana a la estética glam, e incluso a recordarnos a ese Michael Jackson del vídeoclip “Bad” en la 5ª.

También vemos cómo los productores de cada LP son diferentes, y eso se aprecia con claridad en un recopilatorio. Cada canción te lleva a sitios distintos. No puedo decir que suene a eclecticismo, porque es un grupo con un sonido muy peculiar y personal. Pero “Love my way” fue producido por Todd Rundgren, y no es una información gratuita, como luego veremos.

Lo que sí aprecio en la carrera de estos chicos es un cierto anhelo de éxito comercial, una aproximación a un público de masas. Y eso es algo que te obliga estilísticamente hablando a lo largo de tu carrera. ¡Ojo! No lo digo como algo peyorativo, en muchas ocasiones ha generado productos de gran calidad y perdurabilidad en el tiempo.

Este es para mi el caso de “Love my way”. Y más aún ahora que parece que el indie tiene que sonar a los 80. Cuando escuchas un tema como este pasados 30 años y piensas que supera a muchas de las propuestas actuales en esa línea, que la muchachada “independiente” de hoy podría considerarlo un éxito, es cuando te das cuenta de la calidad de este trabajo.

Seré en esta ocasión os daré diez razones para escuchar la canción y disfrutarla con más intensidad:

1. La ya citada voz de Richard, sello personal del grupo.

2. El uso del xilófono (gloria bendita). En el videoclip aparece una marimba, más potente visualmente hablando, pero yo apostaría por que es un xilo.

3. La serie de acordes de la estrofa sobre un modo frigio: Do mayor – Si menor.

4. La resolución del estribillo con los acordes Do mayor y Re mayor, que siguen flotando sobre dicha modalidad. Me encantan estas figuras armónicas que no descansan sobre el centro tonal que nuestro oído nos pide (que sería Sol) y que evolucionan con tan sólo tres acordes.

5. ¡El bajo, por favor! Se usa con mucha prudencia. En la estrofa aparece y desaparece, un detalle que no todo el mundo aprecia, pero que siempre se nota. Cuando llega el estribillo, a marcar con fuerza las corcheas, como requiere el momento.

6. Y esto me lleva al estribillo. Que maravilla cuando una canción sabe contenerse para emocionar cuando hay que hacerlo. Fijaos en cómo crece el tema. Esto es algo de lo que a menudo se olvidan las producciones actuales “ochenteras”.

7. Guitarra comedida y teclados muy cuidados, con un par de pads y algún detalle en las estrofas… que gusto.

8. No he hablado de la batería, sin grandes aspavientos pero siempre en su sitio. Fijaos al final de la canción como usa el base y los toms, así como en los estribillos. El sonido, claro está, nos sitúa en su época, con esos bombos con mucho agudo y esas cajas tan características.

9. No os perdáis ese momento, sobre el minuto y medio, en que el estribillo es cantado sobre la base armónica de la estrofa. Lo que decía antes, esto es hacer que lo música evolucione con tan sólo tres acordes.

10. Esas letras que no dicen nada pero que tienen sentido. Muy de ingleses de aquel momento, dejando atrás el punk pero recordándolo en detalles. Por otra parte, no deja de ser otro “my way”.

Creo que son razones suficientes. Escuchad y opinad al respecto.

Versión en directo, en el programa “La edad de oro” de RTVE, año 84:

2 abril 2012 at 4:19 pm 4 comentarios

À SAINT-GERMAIN-DES-PRÉS – Henri Salvador


Del single ref. 560-181 (Polydor, 1950)

Ayer se celebraba el Día Internacional de la Francofonía, un concepto surgido en 1970 gracias al interés de las antiguas colonias de Túnez, Senegal y Níger. Estos tres países en los que se habla francés, veían en el idioma una herramienta perfecta para integrarse en la comunidad internacional y lograr que esta fuese solidaria con su situación. En la actualidad, la Organización Internacional de la Francofonía, que agrupa a 55 estados, mantiene viva esa iniciativa y tiene entre sus objetivos no solo la promoción de la lengua francesa sino también de la diversidad cultural. Mientras tanto, en plena carrera electoral, el actual presidente francés Nicolas Sarkozy busca el voto de la derecha más radical arremetiendo contra la población inmigrante. ¿Qué noción tendrá ese electorado ultraconservador de lo francés?

Desde hace ya unos cuantos años me considero a mí mismo bastante francófilo. El descubrimiento de la Nouvelle Vague y del moderno cine de autor (Garrel, Assayas, Carax, Desplechin,…) me hicieron enamorarme de la cultura francesa, que a mi parecer nunca ha tenido los complejos de la española (perdón por generalizar). Así que, durante la carrera, decidí añadir el francés al inglés como asignatura de libre configuración. Durante los dos años que cursé, nuestra profesora Alicia Gascón no solo buscó enseñarnos el idioma, sino también que nos enamorásemos de él y de la cultura francesa. Conmigo lo consiguió sin duda, sobre todo desde aquel día en que nos puso en clase una canción de Henri Salvador.

La canción era ‘J’ai vu’, y pertenecía al álbum ‘Chambre avec vue’ (2000), que por aquel entonces acababa de publicarse. Era un tema lento, orquestado y muy emotivo; parecía casi el resumen de una vida. Tanto me gustó que me descargué el disco en casa (era la época de Napster) y no solo eso, sino que encontré un par de canciones más de Salvador y también decidí bajarlas por ver cómo sonaban. Una de ellas era la que hoy quiero compartir, ‘À Saint-Germain-des-Prés’, y había sido registrada nada menos que medio siglo antes en la cara B de un single de 78 r.p.m. (aunque más tarde ha aparecido en diversos recopilatorios).

En ese año de 1950, Henri Gabriel Salvador tenía 33 años. Había nacido en la Guayana francesa; su padre, de ascendencia española, y su madre, hija de un indio caribeño, eran ambos nativos de la isla de Guadalupe. Así pues, Salvador tenía el mestizaje en la sangre. No es de extrañar, entonces, lo heterogéneo de su trayectoria.

Tras llegar a Francia a comienzos de los años 20, en la década de los 30 comenzó a actuar en los cabarets parisinos; tenía 18 años cuando Django Reinhardt lo contrató como guitarrista acompañante de jazz. Ya en los 40, se unió a la big band de Ray Ventura en una gira por Sudamérica. En la década siguiente se hizo popular cantando rock and roll en francés, con textos de Boris Vian. De 1957 es su canción ‘Dans mon île’, considerada una contribución decisiva al origen de la bossa nova; no en vano, Salvador sería premiado en 2005 con la Orden Brasileña del Mérito Cultural, que recibió del por entonces ministro de Cultura Gilberto Gil, por su influencia en ese popular estilo.

El carácter multicultural de la obra de este músico queda, pues, de sobra demostrado. Y no obstante, la canción que nos ocupa, compuesta en origen por Leo Ferré y grabada por Salvador en 1950, está dedicada a todo un símbolo nacional de Francia: el barrio parisino de Saint-Germain-des-Prés. Esta zona se hizo popular tras la II Guerra Mundial, cuando se convirtió en el centro de la vida cultural e intelectual de París. Por allí pasaban escritores, actores, filósofos y músicos, en un ambiente en el que se mezclarían el existencialismo, el jazz y, más tarde, el espíritu de la Nouvelle Vague. Personalidades tan dispares e influyentes como Sartre, Beauvoir, Camus, Hemingway, Picasso, Giacometti, Godard o Truffaut, eran clientes habituales en las terrazas de Les Deux Magots y el Café de Flore.

En lo musical, la versión que hace Henri Salvador de ‘À Saint-Germain-des-Prés’ resulta mucho más natural, menos grave y enfática, que la interpretación de Leo Ferré. El francoguayanés se apoya fundamentalmente en su primorosa voz, mientras que su guitarra se adapta a lo que marca el texto y la melodía vocal, de ahí que el diálogo entre ambos elementos fluya con tanta franqueza. En este sentido, ya desde la primera sucesión de evocadores acordes que hace las veces de intro se deja notar la formación de Salvador como guitarrista jazz.

Construida con tres repeticiones de estrofa/estribillo, la canción alcanza su clímax en los últimos versos, cuando el rasgueo de las cuerdas añade un plus de intensidad (“Pourquoi ces grands fauchés / Font du tapage”) antes de un silencio rematado con un sorprendente giro melódico en el último verso (“À Saint-Germain-des-Prés”).

Sin más, veamos un vídeo de la canción elaborado con fotografías de Robert Doisneau, autor de ‘El beso’ (también de 1950, por cierto) y tal vez uno de los artistas que más ha influido en la imagen de París y, por ende, de Francia. Yo aún no la conozco, París, pero gracias a extranjeros como Henri Salvador ya sé cómo amarla.

Como complemento, propongo esta interpretación en directo de uno de sus temas más famosos, ‘Syracuse’ (1963), donde también podemos comprobar la emoción que desprendía Henri Salvador solo con su voz y su guitarra.

el fuego fatuo

21 marzo 2012 at 10:36 am Deja un comentario

RIVER MAN – Nick Drake


Del álbum Five Leaves Left (Island Records, 1969)

Descubrí a Nick Drake gracias a un CD que pedí prestado a mi primo Jordi (uno de mis principales “dealers” de referencias musicales antes de la llegada de Internet), que a su vez lo había encontrado de entre los discos que se amontonaban en Dandelion. Para quienes no la conozcan, Dandelion era aquella tienda en la plaza de San Marcos donde Andy Jarman y Mapi Guedes vendían ropa traída de Londres e impulsaban el Colectivo Karma, allá por la Sevilla de los 90. Por entonces, Jordi tocaba la batería con Strange Fruit (el grupo de Andy) y en ocasiones ayudaba en la tienda currando algunas horas. Yo me dejaba caer por allí, de tanto en tanto, para acompañar a mi primo y de paso ponerme al día de las novedades discográficas.

Volviendo sobre aquel CD, “Five Leaves Left” (título que hace referencia al mensaje de aviso al final de los libritos de papel de fumar – quedan cinco hojas –), era el debut discográfico de Drake. Recuerdo que tras unas primeras escuchas en seguida despertó mi atención el segundo corte del álbum, River Man. Pero antes de analizar qué tenía esa música, una brevísima introducción sobre la figura de Drake con unos pocos aportes biográficos. Nació en 1948 en Birmania, donde residía su familia por motivos laborales, aunque pronto regresarían al condado de Far Leys en Inglaterra. Desde temprana edad, animado por su madre Molly, aprendió a tocar el piano y comenzó a componer sus propias canciones (las cuales grababa en cintas magnéticas). Durante sus años de escolar, mientras paulatinamente perdía interés en sus estudios, tocaba también el clarinete y el saxofón. En 1965 compró su primera guitarra acústica (pagó 13 libras por ella). Tres años más tarde, en 1968, dejó de ir a sus clases de Literatura Inglesa en la universidad para viajar a Londres a grabar su maravilloso primer álbum. Tenía veinte años y tan solo se guiaba por su propia intuición musical.

El título de River Man hace mención al barquero que aparece en la novela “Siddhartha” de Herman Hesse, aunque se trate de un texto enigmático y abierto a múltiples interpretaciones. ¿Quién era Betty? ¿Cuál  era el “plan para el tiempo de las Lilas”? Son algunos interrogantes los cuales, aún hoy en día, los fans de Drake intentan dar significado. En cualquier caso, lo más interesante bajo mi punto de vista no está en los versos, sino en la música del compositor inglés.

La canción comienza con el sonido sincopado de una guitarra acústica. Un arpegio sobre un compás de 5/4 que siguiendo una secuencia de acordes menores parece resolver en uno mayor, pero que finalmente vuelve al ciclo de acordes menores. Esta cadencia en suspense de acordes junto al ritmo de amalgama de la pieza trasmite una leve sensación de inestabilidad, indeterminación o “insatisfacción”, hermosamente desconcertante. Tras unos instantes, una dulce melodía de aires folk cantada frágilmente por Drake aparece como motivo principal. Pero lo mejor de River Man llega con la sección de cuerdas, que con un sonido suave y estático se une progresivamente a la canción dotándola  de una carga de intensidad y de riqueza armónica que va “in crescendo”, hasta que finalmente en su clímax te sobrecoge. Precisamente a causa de este arreglo,  la grabación tuvo que sortear algunos enfrentamientos entre Drake y la compañía discográfica (una pequeña filial de Island Records). El productor del disco, Joe Boyd, tenía la idea de incorporar una sección de cuerdas similar a la empleada por Leonard Cohen en su primer álbum, pero el trabajo realizado por el arreglista de la compañía no gustó a Drake. Él buscaba para esta pieza un arreglo que recordara a la obra de compositores impresionistas como Frederick Delius o Maurice Ravel, así que finalmente reclutó a su amigo Robert Kirby (un joven estudiante de música en Cambridge), que contó con la ayuda del veterano compositor Harry Robinson para terminar de escribir la partitura.

Otro dato curioso sobre River Man es que se trata de una de las pocas canciones compuestas por Drake para ser tocada con afinación estándar. Experimentaba en la mayoría de sus temas con diferentes técnicas de afinación, lo cual enriquecía la sonoridad de su repertorio, pero conseguía irritar al escaso público que acudía a sus directos (debido a las continuas pausas para cambiar la afinación de los instrumentos). Estas malas experiencias en conciertos, en combinación con su carácter introvertido, le llevaron a renunciar a tocar en vivo durante gran parte de su carrera.

Os dejo aquí este enlace, con un video-montaje de la canción colgado en Youtube por cortesía de Island Records. Y este otro con algunas fotos del joven músico.

En 1974, Drake falleció en casa de sus padres por una sobredosis de fármacos, los cuales tomaba durante ese periodo para luchar contra la depresión y el insomnio.  No recibió reconocimiento en vida por su obra y editó otros dos hermosos álbumes, “Bryter Layter” (1970) y “Pink Moon” (1972), dejando un legado musical que ha influenciado a multitud de artistas desde entonces.  Estos versos de “Fruit Tree” (otra canción de “Five Leaves Left”) describen los pensamientos que tenía el músico inglés sobre la indiferencia con la que el público apreciaba su talento, y también parecen presagiar su fatal destino.

Fame is but a fruit tree, so very unsound.
It can never flourish, till its stalk is in the ground.
So men of fame, can never find a way
Till time has flown, far from their dying day.

Mash

2 marzo 2012 at 8:14 am 3 comentarios

LOVE WILL TEAR US APART – Joy Division


Del single homónimo (Factory Records, 1980)

Hace un par de días celebramos en mi centro escolar, como cada año, el día contra la violencia de género. Una chica de bachillerato llevaba en sus botines (zapatos deportivos de lona, para que me entendáis; en Sevilla los llamamos así) escrito el título de esta canción. Para quien no tenga fresco el inglés, significa algo así como “El amor nos destrozará”, y con ello realizaba su alegato contra el maltrato. Para mi fue tan gratificante encontrar la referencia a una canción de más de 30 años en una chica con apenas 18 que me propuse hablar del temazo de los de Manchester.

Difícilmente podríamos entender la letra de Ian Curtis en el sentido que le quiso dar Alicia, que así se llama la promotora de este post. Lo más probable es que la letra estuviese motivada por el reciente divorcio del cantante, o por una situación previa a este. El mayor éxito de la banda llegó tras el suicidio del propio Curtis, quien contaba con tan sólo 23 añitos, y con una canción de fortísima carga depresiva. Se abría la puerta de toda la música melancólica y oscura que dominaría en gran medida el panorama independiente de los 80.

Tras escuchar de nuevo el tema en Youtube, vídeo por delante, he llegado a la conclusión de que lo que más me interesa comentar no son todas esas cuestiones extramusicales que rodean el éxito y que han hecho de Joy Division un grupo de culto (podréis leer sobre ellas en la wikipedia), sino precisamente sobre la música que contiene.

Comencemos con la abaritonada voz de Ian Curtis, uno de los sellos característicos de la banda. Como ya he comentado otras veces, el pop y el rock nos tiene acostumbrados a situar las voces en la zona media del registro, principalmente tenores y contraltos. Cuando un hombre se sitúa por la zona baja del pentagrama en clave de fa, nos resulta extraño en un primer momento. Pero no, no han faltado barítonos de aterciopelada voz que han conmovido nuestros corazones. De hecho, parece ser que los colegas de grupo le pidieron a Curtis que “cantara como si fuera Frank Sinatra”. Es evidente que eso no fue posible, pero resulta interesante la referencia ¿no os parece?

Con respecto a la instrumentación que emplean, Joy Division empezaba a incluir sonidos sintetizados en sus temas, algo que explotarían en profundidad la secuela del grupo tras el suicidio de Curtis, New Order. Por lo demás, será el sonido que en estos últimos años andan refrescando como pueden los seguidores del llamado dance punk (yo, como siempre, me planteo los por qués de estos nombres).

Pero es en la armonía que se crea donde encuentro el secreto de esta canción. Si nos fijamos con detalle, el bajo va repitiendo en un registro más bien agudo (para ser un bajo) la melodía del estribillo, incluso en las estrofas. El teclado, por su parte, se dedica a tocar notas tenidas más propias de un bajo, como si fueran las fundamentales de los acordes (que no lo son, por cierto). De esta manera, resulta muy complejo saber cuál es la armonía que acompaña la canción. Es más, podríamos resolverlo de diferentes formas, tiene varias interpretaciones. Eso, para mi, es un valor añadido. No hablemos de las intervenciones de la guitarra en los interludios instrumentales: un acorde cargado de notas extrañas.

Y todavía más. Cuando llega el estribillo, se produce un hecho bastante insólito en la música pop: todos los instrumentos interpretan la misma melodía vocal, en una suerte de monodia acompañada de batería. Un unísono que carga las tintas emocionales en el momento más dramático de la canción.

Olvidad las imperfecciones de la grabación y del “videoclip” y deleitaros con una de las mejores canciones pop de nuestra era.

En su disco de debut hicieron los franceses Nouvelle Vague este cover. Es interesante seguir la línea del bajo en las estrofas. Como decía antes, cada uno interpreta como que quiere: yo no lo haría así ;)

27 noviembre 2010 at 5:49 pm 2 comentarios

LA CATEDRAL SUMERGIDA – Claude Debussy


LA CATHÉDRALE ENGLOUTIE. Primer libro de Préludes pour piano, Preludio Nº10 (1909-1910).

Enredado en mis asuntos musicales me encuentro, grabando una maqueta de un proyecto más pop que otra cosa, y buscándole nombre a la historia. Pues bien, éste es uno de los nombres que me vinieron a la mente cuando me lo planteé por primera vez: “La catedral sumergida”. Tan hermoso me parece el título que Debussy eligió para su décimo preludio. Hace referencia a la leyenda bretona de la ciudad de Ys, que se había construido por debajo del nivel del mar y cuyas puertas debían permanecer cerradas en marea alta. Hay un santurrón por medio que advierte de los pecados, que si el señor os castigará y esas cosas, terminando la cuestión con la obvia destrucción de la ciudad por el mar. Se dice que las campanas de su catedral se pueden escuchar cuando baja la marea, con el balanceo de las olas.

Esta bella historia recibió de Claude Debussy la mejor “pintura sonora” que pudieramos imaginar. Y la llamo así porque esa era la intención del impresionismo musical: producir en el oyente sensaciones cercanas a las impresiones pictóricas a través de colores tonales y tímbricos, de melodías fragmentadas que sugieren texturas y de sutiles armonías. Veamos cómo logra el francés impresionar nuestra imaginación.

En música instrumental, cada uno puede imaginar a su antojo, pero está bastante claro que los acordes ascendentes que utiliza el francés en la primera sección crean la sensación de burbujas que ascienden de las profundidades, y que el tipo de armonía que utiliza, con paralelismos de quintas ascendentes, crea un ambiente “submarino”, una especie de resistencia del ambiente al movimiento, como sucedería bajo el agua. A ello colabora el uso del pedal, que funde las sonoridades en un “caldo armónico” de gran riqueza.

Es interesante esta apertura por sus connotaciones musicales. El uso de una escala pentatónica nos recuerda a oriente, algo que tal vez nos descoloque un poco, teniendo en cuenta la ascendencia bretona de la leyenda. No olvidemos, sin embargo, que Debussy había quedado fascinado por la música oriental en la Exposición Universal de París de 1889, y especialmente por los gamelán javaneses. Sus percusiones estarían en la mente del autor en muchísimas obras para piano (que no deja de ser otro instrumento de percusión). El gusto por lo exótico podría tener sus raíces en un posromanticismo, pero los paralelismos de quintas son una clara apuesta por algo nuevo, por una vuelta a la sencillez y a los orígenes de la polifonía. Aquí están perfectamente en consonancia con la historia, ya que nos sitúa en un monasterio medieval, con los cantos de los monjes.

La catedral empieza a asomar por el agua, las campanas empiezan a tintinear (una nota en octavas que se repite insistentemente), el agua resbala por las petreas superficies en cascadas y entre la neblina matinal podemos escuchar el órgano de la iglesia, potente aún. Es el momento glorioso en que suenan las campanas en poderosos acordes paralelos que se funden en una única y densa armonía. 

 

Volvemos al ambiente del principio: la catedral regresa al fondo marino. Los sonidos se vuelven oscuros y “vemos” como desaparece la mole entre las aguas. Pero todavía tiene Debussy una sorpresita armónica guardada en la manga. Justo cuando se sumerge definitivamente bajo las aguas, una serie de acordes modulantes con notas añadidas nos avisan de que la imagen desaparece. Las campanas vuelven a sonar mitigadas por el grave fondo marino y unas últimas burbujas ascienden a la superficie, recuerdo de un mundo perdido.

El ataque al sistema tonal y a la armonía romántica nos resultan, en la distancia del tiempo, demasiado sutiles. La música de Debussy suponía un giro hacia el antirromanticismo mayor que el que proponían los atonalistas, herederos, al fin y al cabo, de los sistemas wagnerianos y de la tonalidad ampliada. Los sonidos impresionistas estarían también más cercanos a la búsqueda tímbrica que predominaría en tantos músicos del siglo XX, desde los futuristas hasta los espectralistas, que las complejidades teóricas del dodecafonismo, más interesados en lo conceptual que en el sonido por el sonido.

Estos atrevimientos debussyanos quedan ocultos en una cobertura extramusical que facilita la escucha y nos hace pensar que es “menos del siglo XX”, por así decir. No nos engañemos. Ha pasado un siglito, y eso, de alguna forma, se tendría que notar.

Versión de Claudio Arrau, magnífica, si bien con foto pelá:

Arturo Michelangeli en vídeo, también estupenda y aquí con el señor interpretando:

12 junio 2010 at 8:10 am 14 comentarios

HAPINESS IS EASY – Talk Talk


Del álbum The colour of spring (EMI, 1986)

A finales de los 80 hizo acto de aparición en mi casa un invento que, curiosamente, me abrió los oídos a gran cantidad de música. Se trataba del hilo musical. Y digo curiosamente porque era un aparatejo pensado para poner música al consultorio de un dentista o al hall de un hotel, es decir, en principio su objeto era programar música de ascensor. Se trataba de radio de pago, sin anuncios, aunque la calidad del sonido no era nada buena (insisto: ¿quien quiere altas calidades si va a sonar por el sistema de megafonía de un aeropuerto de los 80?). Tenía varios canales de diferentes estilos y a menudo ponían los discos completos, algo que movería a mi padre a decidirse a instalar tal invento en casa.

Editaban una revistita en la que venía la programación del mes y yo, amante de la música ya entonces, la seguía con fruición, buscando discos interesantes que grabar y que descubrir. De esta manera me encontré con joyas como el primer disco de la neoyorkina Suzanne Vega, el “Confessions of a pop group” de The Style Council o el disco que hoy nos ocupa, del que no habría tenido noticia de no ser por el aparatito en cuestión. En todos ellos encuentro, aún hoy día, la melancolía de esa época de mi vida, que se suma al sonido mate un poco marca de la época y un poco debido a las grabaciones en cinta que yo hacía sobre aquellas emisiones de dudosa calidad.

Talk talk era un grupo que había triunfado (relativamente) con algunos éxitos en sus dos anteriores discos, siendo encasillado dentro del synth-pop y comparado con grupos como Duran Duran. Y llegó su tercer disco, que suele significar la consagración o la definitiva decadencia. Ellos optaron por la tercera opción, tomar un camino secundario al del éxito o el fracaso y hacer la mejor música que podían hacer, lo que les supuso serios problemas con EMI y el reconocimiento de la crítica (que no del público) con el paso del tiempo. El disco merece la pena en muchos de sus cortes, siendo para algunos, junto con sus siguientes álbumes, precursores del post-rock. No veo tan clara esta afirmación, más bien se trata de una ampliación de los límites del pop, utilizando armonías, formas e instrumentaciones más cercanas al jazz y a músicas más cultas, por así decir.

“Hapiness is easy” tiene la responsabilidad de abrir esta magnífico álbum. Lo hace una batería “a pelo” que nos sitúa ya en la vanguardia: sigue sonando actual. El bajo rompe esa situación y se mantiene presente y muy activo, añadiendo interés rítmico con prolongados silencios, un efecto que me encanta y que da relevancia a su participación. La instrumentación está pensada al milímetro, surgiendo de la maraña polifónica el piano, la guitarra, los teclados y las cuerdas. Sobre este tejido sobrevuela la cálida y extraña voz de Mark Hollis, a la que se sumarán los niños que aparecen en el estribillo (un curioso estribillo, por cierto, sobre el ostinato de una guitarra acústica). Las sutiles modulaciones que se suceden y el fantástico sonido de sintetizador elegido para el solo permiten que tenga una duración superior a seis minutos y que supere dicha prueba.

No cabe duda de que estamos aún ante una producción de la new wave, pero el uso que se hace ya de los sintetizadores y su cómoda relación con los instrumentos acústicos es muy de agradecer. Y, sobre todo, la enorme calidad que demuestra la armonización, esa textura de instrumentos que van surgiendo por aquí y por allá aportando color. Supongo que ese es el “Color de la primavera” versión Talk Talk. Disfrutémosla, ahora que el azahar ha hecho (¡por fin!) acto de aparición por las calles sevillanas.

[Youtube = http://www.youtube.com/watch?v=tpGkiZ7FGmg%5D

10 abril 2010 at 6:22 am 3 comentarios

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