Posts tagged ‘guitarra eléctrica’

FUNKY SQUAREDANCE – Phoenix


Del álbum United (Source, 2000)

Tarde o temprano, en ¿Qué tiene esta música? teníamos que dedicarle un post a Phoenix. Y es que este grupo francés despierta especial simpatía en el creador de este blog y en sus dos humildes colaboradores, entre los que me incluyo. De hecho, compartí con Mash uno de los mejores conciertos a los que recuerdo haber ido: una velada con Phoenix en la Sala Bikini de Barcelona, de la que salí con una camiseta y con esta cara (bueno, la cara no se ve pero se intuye: purita felicidad). Era el año 2006 y estaban presentando en directo su tercer álbum, It’s never been like that, el que les dio mayor popularidad, sobre todo en Estados Unidos. No obstante, aquél suponía un cambio de registro en su carrera, un disco directo, guitarrero y muy rítmico, lleno de estupendas canciones que recordaban al estilo de los primeros The Strokes. Escribieron y grabaron los temas de forma muy inmediata, como si fueran un grupo de garage rock. Parece que fue una suerte de depuración tras un segundo álbum (Alphabetical) con mucha labor de producción, que les trajo muchos quebraderos de cabeza y con el que, al menos por entonces, no andaban muy contentos.

Pero antes de todo eso Phoenix ya habían pasmado a algunos de sus futuros fans –como yo mismo– con el sorprendente United, su LP de debut. Aquello fue en el año 2000, y se podría decir que eran otros tiempos. Yo por entonces, aunque esté feo decirlo, descubría las maravillas del Napster, gracias al cual amplié bastante mis gustos musicales. Así que ahí andaba, buscando referencias para descargar como un poseso. A Phoenix los descubrí gracias al suplemento Tentaciones de El País, cuando todavía no daba vergüenza ajena y cuando, digamos, no todo el periodismo impreso daba vergüenza ajena. Se hablaba de ellos en un reportaje sobre la hornada de bandas francesas que surgían por entonces, nombres como Air, Daft Punk, Tahiti 80, Cassius… Una buena generación, sí señor. Recuerdo que Phoenix ya sonaban en la tele como parte de un anuncio de Amena (que, cosas de las siempre sospechosas operadoras de móvil, ha vuelto a la vida ahora); era uno de los singles de ese disco, la fantástica If I ever feel better.

United era un álbum difícil de clasificar: tenía temas que, según decían, se enmarcaban en un estilo de los 70 llamado AOR (una cosa tan macarra que casi nadie había reivindicado hasta entonces), y tenía toques discopunk rock, soul y, desde luego, pop –que amalgamaba el conjunto. Un debut que podía considerarse irregular y hasta fallido en ciertos temas; pero es que además solo tenía 10 canciones, y tres de ellas apenas alcanzaban los 2 minutos de duración. Viéndolo con distancia, me parece una muestra de falta de pretensiones y de absoluta libertad creativa, lo que me lleva a la canción que quería comentar de este disco. Es el corte 9, y sorprendentemente fue elegido como tercer single del mismo. Se llama Funky Squaredance, dura casi 10 minutos y está nítidamente dividido en 3 partes: una primera de corte country aunque cantada con vocoder (!); una segunda (02:54) de electro-funk muy bailable; y una tercera parte (05:28) en la línea del heavy metal de los 80, con solazo de guitarra incluido. En ese último tramo hay un momento más íntimo, de estilo disco-soul, que luego vuelve a conectar con el estribillo, añadiendo carácter épico a base de coros y hasta campanas finales. Sí, todo lo descrito convive en una sola canción, ¡y además mola!

Pero, siendo honesto, lo que me hizo pensar en que esta canción merecía un comentario es el videoclip que descubrí hace solo unas semanas. En realidad, no es necesario que dé mucha información previa a su visionado, porque el propio vídeo cuenta la historia de su gestación, pero por resumir: en el año siguiente al lanzamiento de United, los chicos de Phoenix escribieron un e-mail a Roman Coppola, realizador de videoclips e hijo del maestro Francis Ford. Con todo el descaro que mostraban en Funky Squaredance, le pedían que les hiciera un vídeo de ese tema sin cobrar un chavo y con un presupuesto ínfimo. Roman accedió con una propuesta “tal vez demasiado loca” (en sus propias palabras), pero que encantó a la banda parisina.

Lo bonito del videoclip es que relata cómo Roman conoció al grupo a través de su hermana Sofia, quien a su vez había conocido a su cantante, Thomas Mars, grabando un tema para la banda sonora de su primer film, Las vírgenes suicidas –firmada, por cierto, por otros franceses de aquella hornada: Air. Para el siguiente, Lost in translation, la Coppola incluiría uno de los mejores cortes de United, la maravillosa Too young.  Y aquí viene la nota de periodismo rosa que puede parecer innecesaria, y es que Sofia y Thomas se casarían años después y tendrían dos hijas (una de ellas llamada Romy, en honor a Roman). Un cotilleo que para mí tiene sentido en el contexto del videoclip que nos ocupa, ya que éste tiene mucho componente (auto)biográfico.

Roman relata en unas pocas líneas e imágenes quién es él y explica cómo decidió que el vídeo sería un flujo de aquellas imágenes que le vinieran a la cabeza, y también las que aportaran los miembros del grupo. Hablándolo con su hermana Sofia, ella le sugirió que incluyese una toma que Roman había grabado a su novia bailando… un momento alucinante. Luego aparecen imágenes de la propia Sofia y se menciona a los Coppola, haciendo énfasis en la madre de familia, una artista conceptual de cuya obra también se nutre el videoclip.

Pero bueno, todo esto está narrado en el vídeo. Lo que me fascina es esa mezcla de ideas personales, bizarras, entrañables y llenas de humor; la libertad creativa y el desenfado del conjunto, cuestiones que entroncan perfectamente con aquello que ya me sugería la canción. Así que ahí van, el videoclip y algunas de las cosas que pasaban entonces por la cabeza de los integrantes de Phoenix y por la de Roman Coppola (¡incluido su restaurante favorito de Los Angeles!). Espero que lo disfrutes tanto como yo.

el fuego fatuo

19 enero 2013 at 10:41 am 5 comentarios

NO JOY IN MUDVILLE – Death Cab for Cutie


Del álbum We have the facts and we’re voting yes (Barsuk, 2000)

Lo primero que me sorprendió de esta canción de Death Cab for Cutie fue su pausado arranque, ese tempo casi inmóvil por el que desfilan en homorritmia (es decir, al unísono) bajo, guitarra, glockenspiel y batería. Esa misma coincidencia temporal vuelve a aparecer en la coda del último minuto, en la que ya solo bajo y guitarras puntean la melodía. Un ritmo marcado que me hace pensar en las manecillas de un reloj y en lo que representan: el tiempo como cambio, como el paso de un estado a otro.

En ‘No joy in mudville’ pasamos de la contención al desgarro de la guitarra distorsionada (a mitad de canción), de la misma forma en que los días nos deparan momentos de mayor o menor intensidad. En ese estallido, DCFC se aproxima al slow-core e incluso a grupos de post-rock como Explosions In The Sky, si bien desde sus orígenes han sido encuadrados en el indie-rock junto a otras bandas coetáneas del Pacífico Oeste norteamericano como los fabulosos Built To Spill y los no menos reputados Modest Mouse.

Porque independiente, desde luego, era el sello Barsuk en el que fue grabado el segundo disco de DCFC, ‘We have the facts and we’re voting yes’. De la misma forma, Chris Walla, miembro del grupo y productor de este álbum, es considerado como uno de los productores más prolíficos del indie-rock en Seattle, donde ha grabado a grupos como Nada Surf, The Postal Service (magnífico proyecto paralelo de Ben Gibbard, cantante de DCFC), The Decemberists o Tegan and Sara, entre otros.

Tal vez La Ciudad de la Lluvia tenga algo que ver con el sonido de este disco, que a ratos es la versión sin rabia del grunge (también llamado Seattle sound), aunque siempre desde un prisma más pop y atento a las melodías. En cualquier caso este álbum del año 2000 suena aún bastante al rock de los 90, supongo que por eso desde un principio me identifiqué bastante con él. Año 2000… ¡de eso hace 12 años! Vaya, últimamente todo se me convierte en tiempo.

Para empezar, el tiempo libre que he ganado tras dejar mi trabajo. Y con tiempo libre no me refiero solo a tiempo de ocio, sino a la parte de mi tiempo que yo gestiono (libremente). Casualidades de la vida, mi madre ha sido pre-jubilada en la última semana, lo que ahora le planteará esa engorrosa cuestión de qué hacer con su tiempo (el libre).

Ya hace unos meses, cuando fue mi padre el que se jubiló, le regalaron un bonito reloj, animándole a aprovechar cada minuto del resto de su –nueva– vida. Poco tiempo antes, justamente mi padre me contaba su fascinación por el Movimiento Slow, que aboga por un ritmo de vida más lento. En general, él siempre ha preferido hacer las cosas a fuego lento, en la creencia de que los resultados son siempre mejores. Y mi padre sabe mucho de cocina.

Predecir lo que estaré haciendo dentro de otros 12 años es difícil y, la verdad, muy poco atractivo (no confundir con mi atractivo dentro de 12 años: eso está fuera de discusión, jeje). Pero sí puedo intuir algo del futuro: que esta canción me seguirá gustando, porque hay cosas ­–buenas– que no cambian. Hazme caso y escucha este comienzo sin prisas. Tómate tu tiempo.

el fuego fatuo

25 mayo 2012 at 4:17 pm 2 comentarios

KASHMIR – Led Zeppelin


Del álbum Physical Graffiti (Swan Song, 1975)

Soy un gran admirador del 6 en música. Pero no en el compás… me agota el 6/8 en que han abundado tantos grupos de folk rock o incluso de rock “alternativo” como mis queridos Radiohead, por no remontarme a esta época de los Zep, con el rock progresivo haciendo de las suyas. Aquí los británicos mantienen el orgulloso ritmo binario característico del heavy. De hecho lo mantienen A PESAR de esos 6. ¿De 6 qué? Pues son 6 los pulsos de la serie de las cuerdas para que cuadre con el ritmo de batería. O 6 bombo-caja en la frase. Aunque, en lugar de 6 compases binarios, podríamos usar muchos más números: 4 compases ternarios o 3 cuaternarios.

En cualquier caso, lo más interesante es la polirritmia que se produce en este asombroso Kashmir que Page y Plant crearon tras una visita a Marruecos, y que nos habla de falsa mística y exotismo. La batería de Bonham mantiene un sólido ritmo binario que encaja sin asperezas en el ternario de la armonía creada por una rítmica cuerda. Todo un acierto.

Para la banda, considerada una de las más influyentes en el desarrollo del heavy metal, esta fue una de sus canciones más logradas, precisamente por ser potente e intensa sin necesitar de dicha etiqueta. Es más, pese a su duración de ocho minutos y medio, tampoco es fácil situarla entre el rock progresivo o sinfónico, género en el que son frecuentes tales duraciones.

Pese a que la banda se vio influenciada por sonoridades orientales, de las que toma alguna de las melodías que aparecen en partes instrumentales, el epicentro musical se sitúa en la progresión armónica del comienzo, que sirve de ritornello durante todo el tema dando coherencia y redondez a la forma. Se trata de una secuencia cromática ascendente (algo que nos aleja de lo oriental) cuya serie se rompe con un tono completo, evitando así el uso de sensible y situándonos más en entornos sonoros modales, algo que nos acerca a lo popular (más que a lo oriental).

De este modo, Kashmir es interesante porque es capaz de integrar avances armónicos y rítmicos de músicas más vanguardistas, como la polirritmia o las escalas cromáticas, y sonoridades más clásicas y populares, como las escalas modales y los ritmos “pesados”. Vamos, que les salió un tema bastante redondo. Disfrutadlo.

13 enero 2011 at 7:55 am 1 comentario

BOHEMIAN RHAPSODY – Queen


Del álbum A night at the opera (EMI, 1975)

Es el primer domingo de mayo, día de la madre en España. Y más cosas que celebrar: solito (o solecito) primaveral, azahar y otras flores, alergias varias, cerveza con tapa en una terraza a las 10 de la noche, primer aniversario del blog … Buen día para postear en homenaje a Carmela, mi madre. Seguro que habrá alguna opción moña por la que optar, y raro es que no me decante por ella, pero me quedo esta vez con un icono del rock, cuya palabra clave es “mama”. Aunque lo que venga inmediatamente después sea “he matado a un hombre”.

¿Qué decir de la más famosa canción de uno de los más famosos grupos de rock de todos los tiempos? Número uno durante 9 semanas seguidas en Inglaterra, así como en numerosos países, repitió puesto en 1991, tras la muerte de Freddie Mercury. Un extenso artículo en wikipedia, traducción de la versión inglesa, nos habla de todos sus detalles en profundidad y me permite ceñirme a lo personal.

A mi me llama especialmente la atención que esta truculenta historia de asesinato contada en primera persona por el criminal que espera se cumpla una pena de muerte, se dirija a la madre. Es como lo más tierno y lo más horroroso unido. Lo bello y lo siniestro, que diría el filósofo Eugenio Trías. Mi primer contacto con la letra coincide con las clases de inglés de mi hermana (es profesora), ya que utilizaba el tema con sus alumnos. Recuerdo que me estuvo comentando esta paradoja, una letra terrorífica contada desde una tierna balada a una madre. Un hombre a quien parece no importarle nada (“nothing really matters to me”) excepto su madre, quien le dio la existencia. Vida y muerte reunidos en esta “rapsodia bohemia”.

Teorías encontraréis varias en el artículo antes citado, desde que simplemente le iba viniendo bien la letra para la canción hasta que existe un significado remanente en el texto relativo a su contemporánea “salida del armario”, pasando por la influencia de Camus y su “Extranjero”. En cualquier caso, las creaciones siempre son hijas de las mentes de sus creadores, consciente o inconscientemente.

En realidad, nunca fue una canción de cabecera para mi. Su mayor cualidad es la de lograr reunir en un único tema las ideas del rock progresivo, el rock sinfónico, el rock duro, el glam, la balada (evitaré el término ópera, que viene en el articulito y que no sería correcto) y orientar este batiburrillo a un público masivo. Es decir, lograr hacer comercial lo que en principio no lo era. Y, no nos engañemos, es francamente difícil. Eso sí, aunar a tantos públicos implica forzosamente no cruzar la frontera, quedarnos afincados en lugares comunes. Es una canción que parece más arriesgada de lo que es.

Recuerdo también las leyendas que se generan a partir de este tipo de temas míticos. Recientemente me comentó un alumno la creencia de que en un principio Mercury sólo había compuesto la balada, y que en el estudio se les fue ocurriendo la parte “operística” (insisto, es incorrecto; deberíamos llamarla mejor “lírica”). De este modo, habrían ido engrosando la sección central según su imaginación se lo iba permitiendo, ad infinitum. Teoría que no parece responder a la realidad.

Otro encontronazo con Queen en su versión más “bohemia” lo tuve hace unos meses, buscando el primer videoclip (ya comentado en otro post). Para muchos, el vídeo promocional que hicieron para este tema es el primer vídeo musical de la historia, si bien la idea de videoclip como formato fijo surge con la MTV, unos años después. Volvemos a toparnos con un grupo que sabe venderse. Buen rock presentado en bandeja de plata.

[Youtube = http://www.youtube.com/watch?v=3BBKoc5t_9M%5D

Uno de mis últimos descubrimientos relacionados con esta canción: la maravillosa versión que The Muppets hicieron más recientemente.

[Youtube = http://www.youtube.com/watch?v=5zoDv_Acmt4%5D

1 mayo 2010 at 12:00 pm 3 comentarios

RID OF ME – P J Harvey


Dos aspectos me sedujeron la primera vez que escuché esta canción: la sencillez demoledora y el sonido de la grabación.

Yo había escuchado ya a la Polly Jean posterior, la del “C’mon, Billy” como cantante en solitario, pero no había indagado en sus orígenes. Aquí aún está con su grupo del principio, que imagino ayuda a darle ese sonido garagero. Bueno, eso y la labor de Steve Albini, productor amante del sonido-sótano. Y confieso que, comparado que lo que ya había escuchado, no esperaba que fuese a gustarme tanto.

El sonido pseudo-cutre es uno de esos aspectos que comentaba. La misma portada del disco, en blanco y negro, que aquí podéis ver

está llena de interrogantes. Empezamos a sentir una cierta inquietudm una claustrofobia de techos bajos que queda confirmada con la escucha de éste, su primer corte. La lujuria hace acto de aparición para quedarse con nosotros. El ritmo cuadrado de la guitarra, marcando los contratiempos, se repite insistentemente, lenta agonía interrumpida por breves cortes que se salen de la cuadratura del rock convencional.

Los momentos de cambio dinámico (con potentes y sucias batería y guitarras) es marca de la época. No olvidemos que el grunge hacía furor en EEUU. En el caso de la británica, estos cambios tienen más razón de ser: concluyen ese caminar cansino de la guitarra y están cargados de emotividad. Culminando, una voz silbante que grita “Lick my legs, I’m on fire” -Lame mis piernas, estoy encendida- con ritmo sincopado (bossanovesco, para más información). Una voz que eriza la piel.

No fue éste uno de los singles del disco, pero supone un preludio impecable a una obra maestra del indie de los 90. No olvidéis tenerlo en vuestra discoteca… o disco duro.

[Youtube = http://www.youtube.com/watch?v=Sz73BeEJokA%5D

4 diciembre 2009 at 6:39 pm 1 comentario

MY GENERATION – The Who


Interpretado en directo el 16 de agosto de 1969 en el Festival de Woodstock. Aparece en su primer álbum de estudio My generation (Brunswick, 1965), cuya edición estadounidense se llamó The Who sings My generation (Decca, 1965).

Hacía unos meses que habían publicado su cuarto álbum de estudio, Tommy, que contiene la que está considerada primera ópera rock de la historia, y llegaban a los Estados Unidos tras un largo historial de éxitos (y escándalos). Eran plato fuerte de Woodstock: tocaron a las 3 de la mañana del sábado e interpretaron 24 canciones, muchas más que todos los demás artistas. Lanzaban mensajes “generacionales” del tipo “Hope I die before I get old”, otra pose de los 60 que en algunos casos sería premonitoria (y en Woodstock tenemos varios ejemplos). El público se encontraba, en definitiva, ante estrellas del rock.

Es curioso como este mítico grupo ha sobrevivido más en los libros y artículos varios que en la realidad de las emisoras, las ventas de discos o las descargas. Cuando sacan el enésimo recopilatorio de The Beatles (¡ahora con nuevas tomas en la ducha de Lennon! XP) los londinenses apenas tienen cabida en programaciones de radio o televisión. Es uno de esos grupos que colaboró en la evolución de la historia del rock (y de la música) aunque su propia obra apenas logre superar a “su generación”.

En realidad, más que curioso es paradójico, y sin embargo frecuente. Muchos de los músicos clave en su época, que han supuesto un giro o una importante evolución para la música, han tenido una producción musical que apenas ha logrado sobrevivir a sus contemporáneos (es paradigmático el ruidismo de comienzos del siglo XX). Mi teoría es que la experimentación en el arte tiene ese precio: hacer una música que nunca se ha hecho significa que todavía no es posible perfeccionarla, y que serán músicos o autores posteriores quienes llevarán el nuevo género a su época “dorada”. De este modo, The Who han tenido que ver con la psicodelia, con la ópera rock, con los álbumes conceptuales, con el hard rock o con el rock progresivo, e incluso hay quien ve una actitud proto-punk. Sin embargo, ni siquiera Tommy o Quadrophenia han pasado de ser hitos históricos que pocos chavales podrán conocer hoy en día y cuyas historias están muy desconectadas del público actual.

Pero estábamos en 1969, como decía, Pete Townshend presenta el tema vestido de mono blanco (inevitable pensar en La naranja mecánica), Roger Daltrey vestía una chaqueta con flecos muy “western” (¿a lo Morrison o viceversa?), vuelta de tuerca a la conocida “invasión británica” que habían vivido los EEUU unos años antes, el grupo se movía en los escenarios con la soltura que les confería su condición de estrellas del rock.

El sonido de “My generation”, que en lo básico responde a un rhythm and blues, es crudo. Duros silencios, en los que Daltrey parece tartamudear, preceden a la chirriante guitarra de Townshend, batería y bajo parecen preludiar el lo-fi más casero y al final del tema, golpes de guitarra incluidos, casi nos sitúan en el radio de acción de los Sex Pistols o del no wave. Entre estos alardes de agresividad que dan comienzo y finalizan su actuación, The Who nos deleita con un momento mucho más blues (ilustrado con hermosas imágenes de hippies danzando en éxtasis al contraluz del amanecer), de corte instrumental y ritmo ternario. Era su nueva forma de construir piezas, mediante fragmentos que se superponían y configuraban un hilo musical de mayor dimensión, y que estaba dando sus frutos en las primeras óperas rock y álbumes conceptuales.

El sonido y la actitud de The Who impactó a los jóvenes de la segunda mitad de los sesenta -todavía daría para algo más en los 70-, pero sobre todo serviría de referencia para muchos otros grupos y otras generaciones. ¡Rock’n’roll!

[Youtube = http://www.youtube.com/watch?v=cH9IgJZCx4c%5D

12 septiembre 2009 at 7:26 am 4 comentarios

DEATH VALLEY ’69 – Sonic Youth


Del álbum Bad moon rising (Homestead Records, 1984). Versión de directo del FIB 98.

Ha pasado mucho tiempo desde que Carolina, el Peluki, mi hermano y yo montamos el grupo homónimo en nuestra salerosa Sevilla. Cuando me he acercado de nuevo a esta canción, cierre de nuestros conciertos, esperaba lo lógico, que el tiempo le hubiera pasado la correspondiente factura. Pero resulta que estos cabritos echaron leña en el fuego, y realmente sigue conservando una fuerza que, cuanto menos, llama la atención. Ojo, nosotros también le echabamos ganas al asunto ; )

Y es que los neoyorquinos no han dejado de hacer discos ni de dar conciertos ni de llenar en festivales veraniegos como cabezas de cartel. No se trata de los dinosaurios que vienen a recordarnos sus pasados éxitos, se trata de un grupo de músicos que mantienen las ganas de tocar y crear en comunidad.

En sus comienzos están claramente ligados a la etiqueta “No wave“, si bien esta es una de esas categorías que poco o nada dice. Fundamentalmente advierte del deseo de experimentación. De hecho, si miráis en la página de la wiki de Sonic Youth veréis la lista de géneros que allí se expone. Y cuando te ponen 7 etiquetas diferentes, no te han puesto ninguna. Porque la base del trabajo de este grupo está en la experimentación con el sonido (haciendo honor a su nombre), alejándose intencionadamente de las convenciones del pop y el rock, si bien conservando elementos que los unen a estos estilos, y todo aquel que experimenta con lo ya realizado se aparta de las categorías existentes en ese momento. Lo que sí parece evidente es que sentaron las bases de lo que se llamó noise rock y del rock alternativo posterior, desde su personalísima forma de ver la música.

En este tema cuentan con la presencia de una pionera en el No wave, Lydia Lunch, a quien por cierto pudimos ver en el Spoken Word hace unos años pero, a diferencia de los Sonic Youth, pasadita de rosca. Aquí su voz aguda contrasta con el denso sonido de base y los gritos son uno de sus aspectos más reseñables, por aquello de que se aleja del tradicional grito de rock duro para acercarse al de joven virgen en peli de serie B. En definitiva, da un toque de color, no más a mi parecer.

Donde reside realmente el interés del tema, y de estos primeros discos del grupo en que estaban asentando su estilo, es en el trabajo de equilibrio entre la música pop convencional, el ruido y la improvisación controlada. Empecemos haciendo referencia a cuestiones formales: dos partes, una primera más rítmica y cercana al rock, otra segunda que supone un largo crescendo para desembocar en la primera, es decir, una forma da capo. Tiene algo de canción por el hecho de repetir, en la primera parte, la misma estrofa con carácter de estribillo, si bien vemos como se alejan ya en las cuestiones formales de la convención. La melodía vocal se encuentra en la misma situación, con una primera parte cantada sobre dos notas a distancia de tercera menor y una segunda semi-entonada sin precisión, en un estilo cercano, primero al habla, después al berrido. El pulso se mantiene constante, con tendencia a no utilizar patrones tradicionales de bombo-caja en la batería y sí con frecuencia los toms, creando un sonido más tribal.

Pero será en la tímbrica instrumental de guitarras y en la armonía de bajo donde pegarán un salto sustancial con respecto a grupos coetáneos. La primera sección conserva una armonía en el bajo de dos notas muy rock, mientras que en la segunda se mueve sobre un nuevo centro tonal para ir realizando los más diversos intervalos, haciendo hincapié en los disonantes (abundan la quinta disminuida y las septimas). Las guitarras se centran en el ruido de la distorsión, coloreando la armonía e imprimiéndole una gran variedad de armónicos. La melodía de mandolina de la guitarra sería un clásico del rock alternativo de los 90 (Radiohead, sin ir más lejos).

La muestra que os dejo aquí es de un directo del año 98 en el que al final dan muestra de su sentido de la experimentación con el ruido, con acoples de micros y guitarras de todos los colores. Os recomiendo también un vistazo al videoclip original dirigido por Richard Kern que está muy simpático, por así decirlo.

[Youtube = http://www.youtube.com/watch?v=ygIELGqX2dk%5D

25 julio 2009 at 2:21 pm 4 comentarios

SOUL SACRIFICE – Santana


Interpretado en directo el 16 de agosto de 1969 en el Festival de Woodstock. Aparece en el álbum de estudio Santana (Columbia Records, 1969).

Tan sólo unos meses antes Santana había grabado un álbum homónimo, el primero de su carrera, y aún no había sido lanzado. Llegan por tanto a Woodstock al mediodía de la segunda jornada, digamos que en plan calentar al público para los tochos que vendrían a la tarde-noche (Janis Joplin, Sly & The Family Stone, The Who… no digo na). Se trataba de un grupo de chavales que apenas llegaban a los 20 años y eran pura energía. Justo lo que un público que empezaba a animarse necesitaba, y justo lo que podemos apreciar en el montaje que se nos legó del evento.

Carlos Santana y su grupo llegaban a Woodstock con una fusión entre blues-jazz-rock y música latina (si me permitís las categorías). Para ello contaban con el grupo convencional de psicodelia de la época (guitarra eléctrica, bajo, teclado y batería) más la percusión latina (en este caso se ven en escena congas, bongós y timbales, aunque luego, como veremos, habrá más) que siempre aporta su punto étnico. Tocaron “Soul sacrifice” para terminar, aunque añadirían, ante el clamor de la gente, un bis. La elección del tema no era gratuita. La energía que desprende sus ritmos obsesivos, la repetición constante del bajo y la ácida guitarra de Carlos irán incendiando al público durante nueve minutos en un crescendo de intensidad emocional (que no sonora) verdaderamente admirable. La idea es simple, lo difícil es mantener durante tanto tiempo la intensidad. Para ello harán uso de un recurso muy jazzístico y que el jazz-rock y el blues-rock explotarían hasta la saciedad: las improvisaciones a solo. Y hay que tener mucho que decir con tu instrumento para continuar “souleando” cuando los demás lo han dado todo.

Para empezar se presenta el tema en la guitarra. A partir del segundo minuto nos quedamos con la sección rítmica, es decir, bajo, batería y percusión, trincando el teclista unas maracas y Carlos Santana un cencerro, para acentuar el rollo percusión latina. Y tras un minuto de percusión, reducimos aún más, comenzando el famoso solo de batería que se marcó un Michael Shrieve de 19 añazos y que va recorriendo cada parte del instrumento con el pulso constante del pie de charles, muy a la usanza del jazz tradicional (por cierto, coge las baquetas también a la antigua, con la izquierda cruzada). Tras una buena dosis de “tribalización” y la marca correspondiente regresamos al solo de guitarra de Santana. Para mi gusto no le quedó de dulce, pero me agrada la forma que tiene de tomar ideas de su país natal (México, para más datos) y fusionarlas con las escalas de blues e improvisaciones jazzísticas. En breve dará paso al teclista quien, con descompuesto rostro, realizará un solo comedido pero enérgico, que irá cargándose de notas para llevar el tema al éxtasis. Es el momento de retomar la idea inicial, una simple secuencia de tres acordes sobre la escala pentatónica de blues -nótese que es el mayor movimiento armónico que se produce en todo este tiempo. Y, como broche final, una fantástica coda, tras un tenso silencio remarcado en el vídeo con un “negro”. Me encanta cómo han trabajado este final en el grupo, cómo inciden nuevamente en el centro tonal (a la manera clásica) y la fuerza con precisión que demuestran. El montaje aquí, como en el resto de la actuación, está muy acertado, marcando los tiempos fuertes con planos de un público totalmente entregado al grupo y, debo suponer, al cannabis y otras sustancias alucinógenas, con tío en pelotas incluido. Muy Woodstock.

[Youtube = http://www.youtube.com/watch?v=XnamP4-M9ko%5D

13 julio 2009 at 3:47 pm Deja un comentario

FIRE – Jimi Hendrix


Interpretado en directo en el Festival de Woodstock, 1969. Grabada en estudio para el álbum Are you experienced? de The Jimi Hendrix Experience (MCA Records, 1967).

A mediados de agosto de este año, muy próximo a mi cumple, se conmemorarán los 40 años desde que se realizó el más famoso festival de música juvenil de la historia, en pleno “flower power“. Woodstock reunió a medio millón de chavales ávidos de música y diversión (especialmente centrada en drogas y sexo). Cuando se ven imágenes del evento se ponen los pelos de punta. Una marea humana cubría los terrenos de la granja de Max Yasgur en Bethel (estado de Nueva York). Por este entorno rural fueron desfilando algunos de los más importantes músicos y grupos de la época, y que poco a poco iré desgranando en sucesivos posts. Un homenaje más que merecido a todo un símbolo contra la guerra.

Y para abrir, el icono que cerró el festival. A Jimi le quedaba poco más de un año de vida y su repercusión era ya inmensa. Hacía poco que se había disuelto su The Jimi Hendrix Experience debido fundamentalmente a las extravagancias del guitarrista, con su anárquico perfeccionismo en el trabajo (difícil y extraña combinación). Y allí se presentó con un nuevo grupo, que el speaker presentaba como “The Jimi Hendrix Experience” y el propio Hendrix corregía y renombraba como “Gipsy Sun and Rainbows”. Es significativo.

Su actuación había sido programada para el final del festival, a petición (o tal vez debería decir “por exigencia”) del propio Hendrix. Esto le perjudicó sobremanera, ya que su aparición, pensada para la mitad de la noche del 18 de agosto, tuvo que retrasarse hasta las 9 de la mañana del día siguiente por la multitud de problemas técnicos, logísticos e incluso climáticos (es lo que tiene hacer un festival en Nueva York: en algún momento lloverá XP). El público, después de varias noches intensas, se fue retirando y los que aguantaron escucharon con escasa atención las dos horitas que se pegó el virtuoso guitarrista encima del escenario. Supongo que más de uno/a se habrá arrepentido luego de largarse del sitio, pero me imagino que el personal estaría muerto. Todos estos factores extramusicales son importantes, y lo más interesante es que quedan reflejados en la grabación que vamos a ver.

¿Y porqué, dentro del potentísimo repertorio que interpretó Hendrix en Woodstock, he elegido “Fire”? Los motivos son los siguientes:

1º) Me gusta. Nos remite al sonido que le llevó a la fama, con canciones de tradición pop de 3 ó 4 minutos.

2º) La calidad que demuestra Hendrix a la guitarra es abrumadora. Aquí no hace alarde de las extravagancias que tan famoso le hicieron (tocar con los dientes, tras la espalda, etc…). Se limita a tocar como él sabe un tema que suena a R&B clásico, sin más.

3º) Sí, nos remite a la tradición del blues, pero sigue siendo un Hendrix embelesado por la música psicodélica, y por tanto por los recovecos armónicos y formales que el estilo aportó al rock. Aquí lo encontramos presente en una rápida batería conforme al género y en momentos de la guitarra que a duras penas puede seguir el pobre bajista.

4º) Se ve bien y suena bien. Todo un logro para Youtube.

5º) Es un directo que nos cuenta mucho más de lo que supone una simple interpretación de un tema. En concreto, fijaos como a mitad del primero de los solos de guitarra hace indicaciones al bajista de lo que va a hacer (en este caso con respuesta positiva), poco después repite los gestos (en este caso con escaso éxito y gran desagrado del genio), a partir de ahí, hasta al batería se le notan síntomas de nerviosismo (por lo que escucho), a Hendrix se le va la olla y no pulsa el pedal adecuado en el momento oportuno (por lo que veo). Y lo que es más destacable, la mirada final de “joder, vaya mierda”.

Así es, Hendrix no quedaba satisfecho. Y me encanta tener la oportunidad de sentir de alguna forma la humanidad de un auténtico monstruo de la música. Y creo que estos detalles hacen a un directo tan grande como el más perfecto de los discos de estudio. Y me pregunto ¿cómo habría sonado si le hubiera gustado? Y me siento a esperar vuestras opiniones escuchando lo último de Jay Jay Johanson (Pse…).

[Youtube = http://www.youtube.com/watch?v=qQRUcybOjOM%5D

1 julio 2009 at 3:21 pm Deja un comentario

AIRBAG – Radiohead


Del álbum OK computer (Parlophone, 1997)

Como el gran grupo que es, Radiohead llega a su punto álgido con este tercer disco (disquisiciones sobre las etapas por las que pasan los músicos, en este post). Y como todos los grandes álbumes, su apertura -con este tema- cobra una importancia capital. Es la primera impresión, el arranque de una colección de canciones que, por lo general, funciona como un todo, como diferentes capítulos de una novela. Continuando con el símil literario, las primeras frases de un libro son fundamentales: aquí se resumen las primeras sensaciones, si te engancha o no.

Radiohead se toma muy en serio esta elección, como ya había hecho con “The bends”, su trabajo precedente, y como haría en todos los posteriores. Las canciones que inician sus álbumes de estudio tienen siempre una seña de identidad especial, que por una parte las diferencia del resto, pero por otra te prepara la mente para el resto. Incluso “Pablo honey”, un primer disco que aún deja ver un grupo en proceso de maduración, nos permite entrever esta forma de producir en su primer corte (“You”), sobre un compás de amalgama que marca diferencias ante los grupos de rock tradicional (si bien estos “experimentos” son aún inestables).

Pero volvamos a 1997. No, no era necesario ser fan de Radiohead antes del OK computer para que su sonido te calase. Yo llevaba años sin seguir las andanzas de los grupos de rock y estaba plenamente centrado en la música contemporánea. El año del “Homogenic” de Björk, el “Homework” de Daft Punk, el “Portishead” de Portishead o el “Dig Your Own Hole” de los Chemical Brothers ofrecía demasiados estímulos como para que no picase el anzuelo de los escenarios de la música popular. La guitarra eléctrica cedía el trono de reina del rock a las máquinas electrónicas, que eran de uso obligatorio: hasta el nu metal o las producciones más punk de la época incluian cortes realizados por secuenciadores, sintetizadores (más o menos vintages, dependiendo del género) o bien realizaciones informáticas de posproducción.

Radiohead no serían impermeables a la corriente dominante. Fascinados por los trabajos de DJ Shadow basados en el sampleo, trataron de emularlo a través de la batería de “Airbag”, transformada electrónicamente. Para ello grabaron a Phil Selway para emplear un fragmento de 3 segundos como sampler generador de todo el ritmo de la canción. El resultado brilla con luz propia: es una de las canciones del OK computer con más fuerza rítmica. A ello contribuye, desde luego, el potente bajo de Colin Greenwood, que también parece retocado electrónicamente. De hecho, se basa en una secuencia de tan sólo tres notas, y casi nunca marca los tiempos fuertes, alejándose de este modo de un bajo de rock tradicional y aportando tintes más cercanos al funk o a la música electrónica.

Y aunque no fueran los tiempos gloriosos de las guitarras eléctricas, al sonido rock de Radiohead no podían faltarle las de Jonny Greenwood y Ed O’Brien, en este caso sin ningún complejo de sample. La melodía de comienzo con su cromatismo final que produce un cambio armónico menor-mayor es seña de identidad del tema, y se reproducirá en la línea vocal. Sumemos a ésto todos los recursos al uso: riffs, punteos a lo “mandolina”, ruidosas distorsiones, etc. El rock indie de final del milenio ya tenía nombre y apellidos.

Perdón. La denominación de origen que acabo de formular no está completa sin la figura enorme de Thom Yorke, cantante y letrista de la banda. Los textos del álbum tienen el sabor inconfundible de una época gris y toca temas que estaban afectando a las generaciones X e Y: la deshumanización tecnológica, el nihilismo, la globalización, el abandono… En este caso nos habla del milagro de seguir vivo después de un accidente, o simplemente por el hecho de continuar entero al bajar de un coche. Yorke opina que “Nosotros sólo conducimos en esas cosas, pero realmente no las controlamos”. El título original (“An airbag saved my life”), sacado de un manual de la asociación de automóviles AA, hace también referencia a la canción “Last night a DJ saved” my life de 1983 del grupo Indeep, si bien su sonido disco se encuentra en las antípodas de Radiohead.

Los videoclips de Radiohead no llegan por lo general a ser las condensadas obras de arte que Gondry o Jonze grababan por aquella época. Aquí nos encontramos con una secuencia de pruebas de colisiones a cámara lenta. Y sí, podemos darle toda la poesía que queramos, pero la música será mucho más responsable de ello que las imágenes. ¿Qué os parece a vosotros?

[Youtube = http://www.youtube.com/watch?v=8__vHs3xcR4%5D

16 junio 2009 at 3:04 pm Deja un comentario

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