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AUDIOGUÍAS: La música italiana en la primera mitad del siglo XX


Llegó, por fin, el “mes de las flores”. Y es que me he pasado un abril a lo Willy Fog, sin parar por Sevilla hasta hace apenas una semana. En compensación, tengo preparada una serie de lo que llamaré “audioguías” en honor a las realizadas en mi centro escolar para las visitas a monumentos italianos. Os comento.

Hace unos años mi compañero Antonio Sánchez, profesor de física y química e insigne viajero, conocedor de Italia como de su propia casa, me pidió que grabase a algunos profesores realizando comentarios sobre determinados edificios u obras de arte italianas, ya que en muchos de estos monumentos habían prohibido las explicaciones en voz alta a grupo de alumnos. Ya os comenté el pasado año que es un viaje que mi instituto viene realizando desde hace más de una década, con gran afluencia de alumnado (este año vinieron 48). Las ciudades implicadas son Roma, Florencia, Siena, Pisa y Venecia, y las audioguías suman un total de 85, que no está nada mal. Yo me encargué de grabar a los profes con mi minidisc y mi pequeño micro estéreo de ambiente, y después filtré un poquito el ruido (a veces mucho) y le puse un fondito musical que se agradece. El resultado ha sido un trabajo que ya es recomendado, incluso, por agencias de viajes. Si tenéis pensado un viaje a Italia os pueden ser útiles: podéis descargároslas en www.juandemairena.com.

Desde entonces barajaba yo la posibilidad de realizar mis propias audioguías, no sobre un sitio que se visita, sino sobre la música italiana en sí. Me interesaba especialmente la música más actual y los géneros más populares ya que, aunque se visite la Capilla Sixtina de Palestrina o la Venecia de Vivaldi, resultaría mucho más complejo hacer un breve resumen en audio de toda una historia de la música, desde la Edad Media (Landini) hasta nuestros días (Donatoni) pasando por la contrarreforma, la policoralidad, los concerti barrocos, el aria napolitana, la ópera y todas sus consecuencias, los nacionalismos… una labor titánica que dejo para viajes ulteriores.

Total, que este curso me he puesto y puedo presentaros por fin mis propias audioguías sobre la “Música italiana del siglo XX”. Está dividida en varios “episodios” que iré incluyendo en el blog durante toda esta semana. Espero que os guste el nuevo formato que pienso repetir en otras ocasiones y con otras temáticas. ¡Se admiten sugerencias!

LA MÚSICA ITALIANA DE LA PRIMERA MITAD DE SIGLO XX

La ópera es sin duda el género que adquiere mayor popularidad durante el siglo XIX. En Italia era tal el fervor que sentían por la música operística, que las banda communale, que eran bandas itinerantes de cornetas y trombones que tocaban por los pueblos, llegarían a interpretar arias de ópera.

Durante la primera mitad del siglo XX se conserva esa tradición decimonónica. Los cantantes de ópera serán, de hecho, los primeros en usar un nuevo sistema que permite la grabación del sonido: el gramófono. La tremenda fama del tenor italiano ENRICO CARUSO daría el prestigio necesario a dichas grabaciones, consideradas hasta entonces como algo de escaso interés y valor. A partir de sus grabaciones de arias de ópera, muchos otros cantantes se animarían también a hacerlo, y ello permitiría el crecimiento de la industria discográfica, gracias al aumento en ventas de discos. Escuchamos a Caruso interpretando “Vesti la giubba” (Ponte el traje), una famosa aria de la ópera “Pagliacci” de Ruggiero Leoncavallo. Se trata del final del primer acto, donde el payaso Canio descubre la infidelidad de su esposa, pero se ha de preparar para un espectáculo que debe continuar. Viene a ser como el “Show must go on” de Queen, pero un siglo antes.

Dentro de las músicas regionales destaca la canzone napoletana (Canción napolitana). Este tipo de canción se venía interpretando en Nápoles desde siglos antes, y había influenciado poderosamente a los compositores de óperas cómicas desde el siglo XVIII. Posteriormente obtendría una gran fama mundial, siendo exportada por los emigrantes napolitanos y del sur de Italia entre 1880 y 1920. Las armonías son sencillas, están estructuradas en dos secciones (estrofa y estribillo) y usan el napolitano, un dialecto de Campania. Es típico el contraste entre los modos mayor y menor, lo que significa que pueden sonar alegres el primer minuto y melancólicas el siguiente. Especialmente conocidas son “Funiculi Funicula”, “Torna a Surriento” y “O sole mio”. Esta última y famosísima canción es interpretada a continuación por el tenor Claudio Villa.

La moda francesa de la Belle Époque tendría también su reflejo en Italia, a través de los cabarets, los music hall o los café-chantant. En el caso italiano, la música es muy ligera, sin la carga política ni la complejidad alemanas, por ejemplo, sino más cercano a una música de salón burgués. Destacaría FRANCESCO TOSTI, recordado por sus canciones brillantes y expresivas. Una de sus más famosas piezas es Serenata, en la que seguimos escuchando una música muy melódica con influencias de la música francesa y de los lieder alemanes. Sería un género que iría perdiendo vigencia con la llegada de la Primera Guerra Mundial.

Pero el género que seguiría destacando durante las primeras décadas de siglo es la ópera. De hecho, algunas de las óperas más conocidas de la historia se escribieron entonces, como “Turandot” de Giacomo Puccini. Su aria “Nessun dorma” (Nadie duerma) es una de las más famosas que ha dado el género, interpretada en infinidad de ocasiones. Como curiosidad os diré que es una ópera postuma, ya que Puccini moriría dos años antes de su estreno en el teatro de la Scala por parte del tenor español Miguel Fleta. Aquí escuchamos a un Luciano Pavarotti en plenitud de facultades, con esa prodigiosa voz que le tocó en suerte.

Hay que tener en cuenta que Italia todavía tenía, a comienzos de siglo XX, escasa unidad lingüística y cultural. Serían los fascismos de esa época los encargados de erradicar esa situación gracias a un potente sistema escolar y a la llegada de los mass media, controlados en ese tiempo por el gobierno italiano. A partir de 1922, bajo el aislamiento propio de las políticas de los regímenes fascistas, Italia desarrollaría una cultura musical ajena a las influencias extranjeras. De hecho, el gobierno de Mussolini suprimiría toda música del exterior, en su deseo de una identidad italiana unida y fuerte. Aún así, los intérpretes populares viajarían al extranjero y traerían de vuelta los nuevos estilos y técnicas. El jazz americano sería una importante influencia en cantantes como ALBERTO RABAGLIATI, quien adaptó al estilo italiano el swing de las big bands en los años 30. Es el ritmo que podemos escuchar en este “Bongo bongo”, que interpreta con la cantante Nilla Pizzi.

Las armonías y melodías del jazz y el blues fueron usados en muchas canciones populares, mientras que los ritmos a menudo provienen de bailes latinos como la rumba, el beguine o, como en este caso, el tango en la canción “O mia bela madunina” de GIOVANNI D’ANZI, considerado himno no oficial de Milán.

Estos son los primeros cantantes italianos que importan una nueva forma de cantar. Gracias al invento del micrófono, no es necesario imprimir a la melodía la potencia de la ópera, sino que se puede expresar con mayor intensidad y naturalidad el texto. Fue el cantante americano Bing Crosby el primero en hacer uso de este nuevo estilo que se convertiría, con el tiempo, en el germen del pop moderno. Aquí lo escuchamos, para terminar este episodio de la música italiana, en la cálidad voz de Rabagliati interpretando “Bambina innamorata”.

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2 mayo 2011 at 6:49 pm 1 comentario

PARCE MIHI DOMINE – Cristobal de Morales / Jan Garbarek


Del álbum Officium (ECM Records, 1993)

Con este posteo quiero volver a uno de mis temas clásicos, el de la música que no se sabe muy bien dónde encajar. Se trata de esa corriente “neo-antigüizante” que surgio al calor de las músicas de la “nueva era”, ese deseo de innovar a base de ser antiguo que hizo furor en los noventa y que por fortuna parece haber amainado. Pero no todo fueron musiquitas moñas para nuevos ricos con profesor de yoga, también tuvimos la fortuna de topar con buenas ideas, y otras, como la que viene al caso, que al menos aportan una visión diferente de la música.

Yo fui a ver el concierto que The Hilliard Ensemble (nunca fallan) dieron en Sevilla con Jan Garbarek en la iglesia del Salvador. Templo de eterna reverberación, primer hito en nuestro camino. Recordemos que Garbarek es un saxofonista de jazz, instrumento y género que no se lleva especialmente bien con una reverberación de tales características. Eso sí, el canto gregoriano y las piezas polifónicas del renacimiento elegidas ex profeso para la gira funcionan que da gusto en una iglesia así. Y con la afinación extrema de los ingleses, ni os cuento.

En fin, que pude escuchar en directo la fusión de ambas cosas. El recuerdo que me queda es de “no sé muy bien si me gusta o no”. Es decir, de cierta perplejidad. Es lo que me suele pasar con gente como Philip Glass, que se mueven siempre en terrenos pantanosos entre lo que te aburre y lo que te conmueve. Y, lo reconozco, al final me termina gustando.

La idea funciona del siguiente modo: se interpretan las piezas del renacimiento (o el medievo), en este caso el Parce mihi Domine de nuestro sevillano Cristobal de Morales, tal y como se entiende que fueron concebidas en origen, y esta música vocal se utiliza como base armónica, como acompañamiento, de una improvisación de saxo de carácter más o menos jazzístico.

Tenemos aquí una interesante aportación del conjunto. La música en el renacimiento era netamente vocal, siendo los instrumentos en la mayoría de las ocasiones un mero acompañamiento. Pensad que ni siquiera se escribían, sino que solían doblar o sustituir voces de las que, puntualmente, no se disponía. Sí, es cierto que una serie de instrumentistas empezarían a interpretar a solo, pero era un grupo reducido y, desde luego, fuera de la música religiosa. En este caso, la cuestión funciona justamente al revés. Se trata de una pieza de saxo acompañada por unas voces. La interpretación de Garbarek es claramente solística, mientras que la pieza de Morales navega sobre acordes estáticos de rítmica cuasi libre, perfecta base sobre la que desarrollar una improvisación. Los volúmenes también son significativos, siendo a menudo muy difícil seguir el texto, que queda tapado por el saxofón. Además, seamos realistas, ni siquiera los más clásicos siguen hoy en día una letra latina del libro de Job. El tema religioso, su importancia como oración, desaparece para quedar sólo la estética de su música.

Para mi gusto, no funciona igual todo el disco. Hay piezas con las que el saxofonista parece sentirse más “en su salsa” que otras, y en algunos casos tal vez tenga que ver también la elección de la obra antigua. Además, no es una idea como para anclarse a ella: su repetición resulta tediosa. Sin embargo, este Parce mihi Domine, que ya de por si es una pieza realmente fascinante, me hace disfrutar de un buen rato de… ¿jazz? ¿música antigua? ¿new age? ¿contemporánea?… quita, quita, un buen rato de MÚSICA.

La versión a solo de Parce mihi Domine. Su estatismo hace que cualquier detalle polifónico resalte como la más completa de las melodías.

30 enero 2011 at 9:32 am 3 comentarios

SINGING IN THE RAIN – Gene Kelly


Letra de Arthur Freed y música de Nacio Herb Brown, publicada en 1929. Utilizada en la película homónima (Metro Goldwyn Mayer, 1952)

Parece que nuevamente se nos chafan unos días de descanso con la lluvia, tan necesaria por mis tierras pero tan inoportuna a veces. Por eso me he planteado poner al mal tiempo buena cara, como hace magistralmente Gene Kelly en esta famosa escena. Verle bailar y cantar bajo la lluvia te pone inmediatamente de buen humor :D

Como sucedería con muchas otras canciones, y con la música en general hasta hace unos 50 años, se trata de interpretaciones de temas antiguos. La originalidad no estaba sobrevalorada, como así ha sido a finales del siglo pasado y, si bien hoy día es posible ver renacer un interés por la música y no por la novedad gracias a las remezclas (en este post, una de ellas), sí es cierto que seguimos considerándolo segundo plato ante la “nueva obra”.

En resumen, que se trata de una canción que aparece por primera vez en la película “Hollywood Revue of 1929” de dicho año, y que seguirá teniendo bastante presencia cinematográfica hasta el año 52, en que se estrena “Singing in the rain”. Os pongo tambien la versión antigua porque es interesante la comparación. Escuchamos una clara evolución en los sistemas de grabación, ya que es posible que la del 29 se realizase con la clásica campana de gramófono, mientras que la del 52 utiliza, por supuesto, los micrófonos. También se aprecia el ruido que dejan los discos, probablemente de cera, del gramófono, algo que desaparecerá con la grabación magnética. Eso sí, la versión de Gene Kelly ha sido, con total seguridad, remasterizada y pasada por todo tipo de filtros que habrán reducido el ruido de las cintas al mínimo, cosa que no sucede en la otra versión. Pero podemos apreciar más diferencias que el ruido: la nitidez de los instrumentos, especialmente la presencia de graves en la más moderna, e incluso el tipo de voz empleado.

Hemos de tener en cuenta que el micrófono supuso una modificación notable de la forma de cantar, ya que permite disfrutar de texturas y matices de la voz que anteriormente no habríamos percibido. La voz de Gene Kelly, por ejemplo, tiene un agradable timbre, bastante mate, sin brillo. Es como si acabase de salir de un resfriado. También se aprecia falta de potencia, subsanable gracias a la amplificación del micrófono, si bien le resta emotividad a alguna de las partes. Por último, y a título muy muy personal, prescindiría de los “gallitos” que utiliza en un par de ocasiones como adorno vocal.

Parece que tan sólo estoy poniendo pegas a la interpretación del bailarín, a quien considero mucho más esto último que cantante, pero no es así. Ese sonido sin brillo ni potencia se convierte en característico del actor, aporta naturalidad y cercanía, es como si estuviese cantando tan sólo para nosotros. El cantante antiguo, con su gran potencia y amplitud vocal, resulta muy extrovertido y tiene mucho más complicado ese grado de intimidad que permite el micrófono (aunque los grandes lo consiguen, claro está).

La instrumentación y el ambiente del acompañamiento también ha sufrido notables cambios de una versión a otra. En el 29 estaba triunfando el swing de las big-bands por toda América, con su melodía principal en trompetas o clarinetes y la improvisación de saxos o trombones, herederos aún del Dixieland de banjo. Más de 20 años después, una película musical requería toda una orquesta (cuerda, viento y percusión). Queda latente el swing sinfónico, remarcado por el claqué de Kelly, pero serán los violines y flautas traveseras quienes llevarán el peso melódico, salvo en ocasiones en que pase a otro instrumento para dar mayor intensidad (metales) o variedad tímbrica (clarinetes o incluso el glockenspiel), pero manteniendo el carácter melódico romántico de la cuerda. Los compositores de cine musical, como se venía haciendo años atrás, recuperan el estilo sinfónico decimonónico. Justo lo contrario que venían haciendo los compositores contemporáneos de música “culta” para conciertos.

En cualquier caso, esta canción y todos sus aditamentos no son nada sin lo importante de la escena: Gene Kelly bailando (y cantando) bajo la lluvia. La escena es, a mi parecer, redonda. Dan ganas de salir a la calle y chapotear un rato.

Por cierto, como en otras ocasiones os encontraréis con el desagradable mensaje de “Video desactivado por solicitud”. He buscado y rebuscado pero no hay manera. Me estoy planteando cómo hacer para que podáis escuchar (y a ser posible ver) estas escenas sin tanto rollo, pero desgraciadamente el negocio es el negocio y no entiende de gente que comparte sus cosas.

Versión de 1929:

También aparece una parodia de la película en mi adorada “La naranja mecánica” de mi amado Stanley Kubrick. Impresionante (y violentísima) escena de 1971:

Recientemente nos encontramos con una remezcla realizada por Mint Royale para un anuncio que toma la escena “prestada” de la película:

5 diciembre 2010 at 8:24 am Deja un comentario

OVER THE RAINBOW – Judy Garland


Música de Harold Arlen y letra de E.Y. Harburg. Perteneciente a la banda sonora de la película musical The wizard of Oz (Victor Fleming, 1939).

Con el comienzo del verano llega una tarea tan molesta como gratificante: la actuación de los niños y niñas en la entrega de premios de fin de curso. Así viene siendo en mi centro desde hace unos años, y la afluencia del alumnado al casting está creciendo de forma peligrosa. Este año toreo con cuarenta becerrillos/as de 13 y 14 años, con tantas ganas como hormonas en ebullición. Y son las bandas sonoras oscarizadas por la Academia las elegidas para dar conclusión al curso. Tenemos su poquito de Disney, su inevitable Titanic (que sigue despertando pasiones entre los adolescentes), su Carros de fuego… en fin, un variadito resultón. Y entre todas ellas florece la música que acompañaba a una de las primeras escenas de El mago de Oz, cuando Dorothy (Judy Garland) sueña con salir de su árida Kansas para conocer lo que hay más allá del arcoiris.

Estamos en las primeras décadas de lo que se llamó “pop”, un género musical para todos los públicos. Hoy en día es difícil entender que hubo un tiempo en que la música era un privilegio de unos pocos. En un mundo sin grabaciones ni medios de comunicación de masas, tan sólo los económicamente solventes podrían acceder a una buena interpretación musical. Con la llegada del capitalismo y la industrialización, el acceso de todo el mundo a la cultura (entendida esta como industria cultural) no sólo era una posibilidad, sino un deseo de las productoras, que así verían incrementados sus beneficios. En el siglo XVIII tan sólo la nobleza accedía a la cultura; en el XIX se le uniría la burguesía; en el siglo XX sería también el proletariado quien por unas pocas monedas podría escuchar una canción en una gramola, en la radio o en un cine como parte de su banda sonora.

Esto ha traído, como suele suceder, consecuencias positivas y negativas. La música que pretende llegar a cualquier oído debe carecer de complejidades que impidan el acceso de los “no preparados”. Esto ha supuesto, en muchos casos, una banalización de la música. En otros casos, como en el que nos ocupa, el reto ha resultado fructífero y la canción es sencilla a la par que rica en matices. No olvidemos que muchos compositores de todos los tiempos han trabajado a las ordenes de alguien a cuyos gustos han tenido que adaptarse, lo que no impidió en su momento que florecieran maravillosas obras de arte hechas “a medida”.

“Over the rainbow” es un exponente claro de ese primer pop. Deudora del swing sinfónico, suaviza las características más negras del jazz para fusionarlo con melodías de carácter clasico-romántico europeo. Serían muchos los compositores y letristas que trabajarían para las grandes productoras y discográficas, buscando ese sonido universal en las canciones. El cine de Hollywood, claro exponente de una fuerte industria cultural, sería uno de los vehículos favoritos para estas canciones, en las voces del star system americano. No olvidemos que hasta The Beatles, una canción exigía al menos a cuatro personas: el compositor, el letrista, el cantante y el que ponía a todos de acuerdo.

¿Dónde residen las cualidades de esta melodía que ha hecho que muchos la consideren la mejor canción del siglo XX? Ya hemos comentado esa fusión entre jazz y música clásica europea que tan bien funciona. La suave cuerda, con pizzicato en el bajo, conduce la melodía con delicadeza. Un oscuro clarinete realiza un contrapunto muy del gusto del swing. El arpa nos recuerda que el romanticismo no queda lejos. Pero es en la cálida voz de Judy Garland sobre la que recae todo el peso emocional de la canción. La naturalidad con la que canta, la flexibilidad rítmica, los portamenti, el rubato…. siempre en el punto medio entre las voces negras del jazz y los recursos blancos de la música romántica. El atrevimiento del autor de situar una octava ascendente al comienzo y el sencillo detalle armónico de la segunda sección, en que juega con la dominante de la dominante, aportan el punto justo de interés para no resultar compleja a cualquier oído no cualificado.

No hay más. Así de simple, pero así de difícil es hacer pop en el año 1939. Dentro de unos días un montón de niños y niñas y yo trataremos de hacer que lo que nos emociona de la música renazca con esta melodía (versión instituto 2010, claro está). En el mundo de Oz, los trucos y engaños de su mago serían descubiertos, pero la magia presente en “Over the rainbow” es de la que no se puede explicar.

Curiosa versión de 1993 del hawaiano Israel “IZ” Kamakawiwoʻole que se popularizó hace unos años. Gusta mucho.

19 junio 2010 at 9:47 am Deja un comentario

STRAPHANGIN’ – The Brecker Brothers


Del álbum Straphangin’ (Arista, 1981)

Los hermanos Michael y Randy habían pasado ya, como músicos de sesión, por discos como el “Berlín” de Lou Reed, el “Mothership connection” de Parliament o el “Get your wings” de Aerosmith y grabado casi media docena de discos como grupo cuando se pusieron al lío con “Straphangin'”. Buen bagaje musical. Así que, aunque no fueron pioneros, ni los mejores músicos ni los más creativos de la década ni mucho menos los de mayor éxito, sí lograron configurar un conjunto de piezas notables. Y esta en concreto tiene un groove que me encanta.

Sí, el comienzo es obviable. Se ve que su deseo de fusión les llevó a terrenos pantanosos, o que les pareció interesante-simpático-moderno realizar una especie de preludio barroco que también serviría de circular conclusión con aditamentos que recuerdan a la psicodelia de The Beatles. Sin ir más lejos, la batería y el bajo no parecen saber dónde meterse, avergonzados del papelón que les toca. Un fiasco.

El calderón sobre la dominante nos lleva a aguas más claras y a la verdadera esencia del tema. Sobre una batería que mantiene un swing perfectamente fusionado con los tiempos más marcados del rock vuela un huidizo bajo funk y un sinte que aporta un toque más futurista a determinadas partes, a la manera de Hancock. Por encima, la melodía principal interpretada a unísono por los hermanos Brecker al saxo y la trompeta, que tan sólo se separan para aportar un par de voces muy interesantes sobre notas extrañas a la armonía.

Como ya he dicho, el deseo de innovar no debía estar en el primer puesto de prioridades del grupo. Aquí se mantienen los estándares del jazz prácticamente desde que es jazz: una melodía principal que sonará un par de veces al principio interpretada por los instrumentos solistas en conjunto, una rueda de improvisaciones sobre la armonía del tema y vuelta a la melodía principal para concluir. A esto le añadimos un pequeño corte-estribillo instrumental, que permite dividir las secciones y nos sitúa formalmente, además del ya nombrado preludio-coda. Lo que venía haciéndose y seguiría llenando pistas y pistas de vinilos y cds.

Descubrí este tema hace unos meses, cuando me animé a tocar la batería y a profundizar con ella un poco más en este estilo (gracias a Guille y a Johnny por los ensayos y sus amplios conocimientos jazzísticos). Y este fue el primero que me propusieron tocar. Lo escuché detenidamente. A simple vista (u oído) esa batería jazz-rock-funk no parecía muy compleja. Pero cuando me senté al instrumento descubrí la grandeza del ritmo al que me sometía, ese groove quebradizo que implica un dominio del tiempo y sus entresijos. Muchos puristas del jazz han denostado estas fusiones por considerar que se apartan del shuffle propio del swing. Ahora puedo hablar con conocimiento de causa: nada más lejos de la realidad.

Versión de estudio:
[Youtube = http://www.youtube.com/watch?v=pq3MPs3W_S8%5D

Versión en directo, con un solo bastante visceral de Michael:
[Youtube = http://www.youtube.com/watch?v=7Tvso1FcH0s%5D

21 marzo 2010 at 9:08 am 1 comentario

HOT HOUSE – Charlie Parker & Dizzy Gillespie


Charlie Parker, saxo alto – Dizzy Gillespie, trompeta – Dick Hyman, piano – Sandy Block, contrabajo – Charlie Smith, batería. Grabación para la televisión estadounidense en 1952.

En la historia de la música más reciente sucede, de vez en cuando, que se encuentran dos figuras que son esenciales para el desarrollo de la propia historia. No es el caso del maestro y el alumno, ni el cruce de palabras y palmaditas en la espalda, es una verdadera conexión entre lo que luego serán leyendas de la música. Así, cuando a finales de 1944 empezaron a trabajar juntos Gillespie y Parker, los cimientos del jazz empezaron a removerse.

El swing había alcanzado su cumbre expresiva en la década de los 30, con el apogeo de las big bands, y se encontraba en franca decadencia, repitiendo fórmulas para el gran público. Asímismo, la II Guerra Mundial había producido importantes vacíos en las grandes orquestas, y los circuitos comerciales no eran capaces de soportar el costo que suponía una banda de 15 ó 20 músicos. Los jóvenes talentos empezaron a desarrollarse en grupos más pequeños, en los que podían dar, además, rienda suelta a su creatividad con mucha mayor libertad que en las big bands.

En este contexto se conocen “Diz and Bird”. Gillespie ya había trabajado con varias orquestas de swing, en las que aprovechaba al máximo los breves solos que se le concedían con un ritmo frenético, gran variedad de ideas melódicas y atrevimientos armónicos no siempre dentro de lo ortodoxo. Parker se daría a conocer definitivamente tras su colaboración con Gillespie, cuando grabaron temas tan sorprendentes para su época como “Groovin’ High”, “Salt Peanuts” o el propio “Hot House”, composición de Tadd Dameron. El mundo de la música esta asistiendo al nacimiento del bebop.

Hoy en día no es difícil comprender el trabajo de Parker y Gillespie como una evolución lógica del jazz, pero en su propia época no fue tan sencillo que críticos y público aceptaran las innovaciones que se produjeron (No puedo evitar recordar aquí el incidente de la Guardia Civil en el pasado Festival de Jazz de Sigüenza). El bebop también fue acusado de no ser jazz, y en general se relacionó más con lo marginal y con los sectores más bohemios, como la generación Beat.

Pero, ¿qué hacía de esta música que no fuese aceptada por muchos de los amantes del swing? Para empezar, el ritmo invariable del swing, el “swing” propiamente dicho, se verá aquí muy acelerado y fusionado con ritmos provenientes del mundo latino y africano. La sección ritmica va adquiriendo mayor independencia. Aquí, sin embargo, escuchamos un ritmo de swing más o menos convencional en la batería, con el contrabajo realizando lo que se llama “bajo caminante”, que aporta un mayor melodismo con ese continuo de notas.

Sin embargo, lo que me parece que más distanció el bebop de sus oyentes contemporáneos fueron los atrevimientos armónicos. Las melodías se mueven con libertad por escalas ampliadas, con numerosas notas cromáticas o extrañas a los acordes. Si a esto le sumamos unos frenéticos solos en que desarrollan las posibilidades del instrumento hasta el límite, podemos entender que no fuesen comprendidos. Como ilustración, podéis escuchar el cruce entre el final del solo de Parker y el comienzo del de Gillespie: parece que estén tocando en dos tonalidades completamente diferentes.

Con respecto a la interpretación, qué decir. Me encantan los músicos que hacen fácil lo difícil. Además se mantienen en unos límites muy adecuados en cuanto a los solos. A menudo escuchamos interpretaciones de bebop en que los solistas no dejan un momento de respiro, que se encuentran cercanas al “horror vacui”. Sin embargo “Diz & Bird” saben perfectamente cuando lanzar una cascada de notas y cuando detenerse un instante y dejar respirar a la música. A mi me fascina particularmente la capacidad melódica de su interpretación al unísono del principio y el final, un formato por cierto muy repetido en jazz.

[Youtube = http://www.youtube.com/watch?v=wkvCDCOGzGc%5D

31 enero 2010 at 8:06 pm Deja un comentario

CANTALOUPE ISLAND – Herbie Hancock


Grabado por primera vez para el álbum Empyrian Isles (Blue Note, 1964)

Pocos estándares de jazz instrumental pueden presumir de haber alcanzado una popularidad como la de “Cantaloupe island”. A ello contribuyó notablemente, claro está, el sampleo que los británicos Us3 realizaron en su “Cantaloop” (con juego de palabras incluido; loop=bucle) y que podréis escuchar al final del post. Sin embargo, creo que Herbie ha demostrado una capacidad sorprendente para acercarse al público no especializado sin concesiones a lo comercial, por un deseo de experimentar en las zonas fronterizas, pese a lo que los puristas del jazz puedan pensar.

Eran los años 60 y los músicos de la costa Este estadounidense trataban de revitalizar el jazz, algo adormilado por el cool de la década anterior y poniendo el punto de mira en el bebop de Charlie Parker. Surge así el hard bop, territorio en primera instancia de Miles Davis y su séquito, para tener después una extensa difusión de la mano de gente como Hancock o Marsalis.

También durante esa época nacía el concepto vanguardista de jazz modal, repitiendo nombres (Davis, Coltrane, Evans, el propio Hancock) y que ya comenté en este post.

El tercer y fundamental aspecto a destacar en la obra de Hancock es el ritmo, ya que será uno de los primeros ejemplos en los que este concepto de jazz (el modal) encaja en los nuevos ritmos funk. El swing anterior de carácter ternario, que había presidido toda la primera mitad de siglo y que seguía dominando en el jazz modal, es sustituido por el nuevo concepto binario del “groove“, influenciado por el soul, el funk y el rock. Será así Hancock un músico de fusiones, como podéis comprobar, y será ese acercamiento a lo popular, al mainstream, lo que le proporcionará un importante número de críticas desde el sector más purista del jazz.

Si nos fijamos detenidamente en su música, el concepto que preside es básicamente el del jazz modal, con las improvisaciones sobre diferentes escalas y modulaciones atrevidas en más de una ocasión. Sin embargo, la base rítmica nos sitúa en un sonido más moderno, sobre los cuatro tiempos de batería y bajo, aunque conserva una gran cantidad de contratiempos, característica propia del funk. Esta base, dependiendo de la versión, puede ser muy potente y bailable. Las improvisaciones son impresionantes por lo general, en especial en alguno de los vídeos.

He puesto muchas versiones, es cierto. Lo que sucede es que un artista tan inquieto como el que aquí tenemos no podía encerrarse en su piano y en un estilo concreto, así que estuvo continuamente renovando su repertorio. De hecho, hay muchas más versiones del propio Hancock, incluyendo una a cuatro manos con… ¡él mismo! Sí, a través de un IBM de los años 80, en plan experimental, porque siempre estuvo abierto a innovaciones tecnológicas, teclados de todo tipo, electrónica, etc.

Una muestra de lo que más me ha interesado, comenzando con la original, como está mandao. Espero que os gusten.

Original del disco de 1964:
[Youtube = http://www.youtube.com/watch?v=xfsnVYVd3iI%5D

Versión en directo con más funk y fusión:
[Youtube = http://www.youtube.com/watch?v=XrgP1u5YWEg%5D

Versión brutal, máxima potencia en los instrumentos y calidad de compresión detestable (sorry):
[Youtube = http://www.youtube.com/watch?v=OORPzfpJz8I%5D

Por último, “Cantaloop” de Us3, también genial:
[Youtube = http://www.youtube.com/watch?v=g9HnoRgRIwg%5D

14 octubre 2009 at 5:55 am 1 comentario

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