Archive for julio, 2009

1234 – Feist


Del álbum The reminder (Cherrytree Records, 2007)

Yo quiero hacer canciones como las que hace Feist. De sonido fresco, amables, de las que te hacen que el día parezca mejor. Accesibles a todos, pero con personalidad. Pop con mayúsculas.

La que os traigo aquí supuso un lanzamiento brutal para la cantautora, al salir en un anuncio de una importante marca de mp3, llegando a ser nominada para Grammy. Esto no la hace mejor canción que muchas otras, y de hecho el “Let it die” es fabuloso de cabo a rabo. Pero la alegría que desprende esta canción (¡¡no dejéis de ver la versión de Barrio Sésamo!!) me apetecía hoy, mira tú.

Eso sí, en cuanto empiezo a informarme de lo que se dice de ella, de su música y de su canción, empieza el mosqueo :/ Como siempre, me traen de cabeza los géneros a los que se adjunta. En concreto, me mosquea el “pop barroco“, término que hace referencia al uso de instrumentos clásicos, especialmente los de cuerda. Bien es cierto que en la segunda mitad de los 60 se pusieron de moda recursos que recordaban al barroco, sobre todo determinadas progresiones “alla Vivaldi”. Pero aquí se prescinde por completo de cualquier sonido barroco, término que más bien se asocia con lo recargado y escesivamente adornado. El que inventa géneros ese día estaba poco inspirado :d

El resto de adjetivos se encuentran en ese terreno de “no me mojo del todo”. El “indie”, por ejemplo. Y el “anti-folk“, que me parece muy bonito pero dice más bien poco. Sólo tenéis que echar un vistazo a la wikipedia y veréis que la discusión es muchísimo mayor que el propio artículo. En fin, ya se verá en qué queda todo esto. Yo de momento veo rasgos de pop y rock sin complejos para utilizar una instrumentación original, a veces cercana al folk americano (como en este caso) y sobre todo instrumentos acústicos (como el piano… de verdad, con sus martillos y todo) y que en general tiene un aire vintage. El hecho de que sea cantautora tiene que ver en su sonido, claro.

Uno de los grandes aciertos de esta canción, a mi juicio, es el uso del banjo, instrumento que ha ido cobrando protagonismo en la música actual, desde el jazz hasta el rock. Su delgado sonido nos aproxima a la música country, género con el que siempre coquetea la canadiense, sin dejarse llevar por el estilo. Con el resto de instrumentos apreciamos el gusto de las producciones de Feist -y que es muy frecuente en la actualidad- por utilizar instrumentos que se apartan del sonido pop-rock. Aquí tenemos un piano que suena un poco añejo, metales, cuerdas y, como no, la guitarra, el bajo y la batería, para no pasarnos de rosca.

El sonido acústico se refuerza con los abundantes coros y con palmadas en el último estribillo, que nos mete en la canción como si fuera de directo. Por lo demás, la sugerente voz de Feist es plato fuerte, con un timbre que parece ser que se ve influenciado por la presencia de nódulos que le da un sonido mate con algunos armónicos agudos. A mi, desde luego, me encanta.

Aquí tenéis el vídeo oficial, perjudicado por Youtube. De hecho, os recomiendo escuchar el disco por la reverberación que le han dado al vídeo (¿porqué?). Eso sí, ojo a la coreografía (abundante en bailarines) y a los bailes que se marca Leslie Feist con un traje brillante en contraste con su forma de moverse y la propia canción.

[Youtube = http://www.youtube.com/watch?v=q2kvc74OWdQ%5D

Versión de “Sesame Street”, con una letra que nos enseña de forma magistral cómo se cuenta hasta cuatro y lo divertido que es : D

[Youtube = http://www.youtube.com/watch?v=fZ9WiuJPnNA%5D

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28 julio 2009 at 5:21 pm 2 comentarios

DEATH VALLEY ’69 – Sonic Youth


Del álbum Bad moon rising (Homestead Records, 1984). Versión de directo del FIB 98.

Ha pasado mucho tiempo desde que Carolina, el Peluki, mi hermano y yo montamos el grupo homónimo en nuestra salerosa Sevilla. Cuando me he acercado de nuevo a esta canción, cierre de nuestros conciertos, esperaba lo lógico, que el tiempo le hubiera pasado la correspondiente factura. Pero resulta que estos cabritos echaron leña en el fuego, y realmente sigue conservando una fuerza que, cuanto menos, llama la atención. Ojo, nosotros también le echabamos ganas al asunto ; )

Y es que los neoyorquinos no han dejado de hacer discos ni de dar conciertos ni de llenar en festivales veraniegos como cabezas de cartel. No se trata de los dinosaurios que vienen a recordarnos sus pasados éxitos, se trata de un grupo de músicos que mantienen las ganas de tocar y crear en comunidad.

En sus comienzos están claramente ligados a la etiqueta “No wave“, si bien esta es una de esas categorías que poco o nada dice. Fundamentalmente advierte del deseo de experimentación. De hecho, si miráis en la página de la wiki de Sonic Youth veréis la lista de géneros que allí se expone. Y cuando te ponen 7 etiquetas diferentes, no te han puesto ninguna. Porque la base del trabajo de este grupo está en la experimentación con el sonido (haciendo honor a su nombre), alejándose intencionadamente de las convenciones del pop y el rock, si bien conservando elementos que los unen a estos estilos, y todo aquel que experimenta con lo ya realizado se aparta de las categorías existentes en ese momento. Lo que sí parece evidente es que sentaron las bases de lo que se llamó noise rock y del rock alternativo posterior, desde su personalísima forma de ver la música.

En este tema cuentan con la presencia de una pionera en el No wave, Lydia Lunch, a quien por cierto pudimos ver en el Spoken Word hace unos años pero, a diferencia de los Sonic Youth, pasadita de rosca. Aquí su voz aguda contrasta con el denso sonido de base y los gritos son uno de sus aspectos más reseñables, por aquello de que se aleja del tradicional grito de rock duro para acercarse al de joven virgen en peli de serie B. En definitiva, da un toque de color, no más a mi parecer.

Donde reside realmente el interés del tema, y de estos primeros discos del grupo en que estaban asentando su estilo, es en el trabajo de equilibrio entre la música pop convencional, el ruido y la improvisación controlada. Empecemos haciendo referencia a cuestiones formales: dos partes, una primera más rítmica y cercana al rock, otra segunda que supone un largo crescendo para desembocar en la primera, es decir, una forma da capo. Tiene algo de canción por el hecho de repetir, en la primera parte, la misma estrofa con carácter de estribillo, si bien vemos como se alejan ya en las cuestiones formales de la convención. La melodía vocal se encuentra en la misma situación, con una primera parte cantada sobre dos notas a distancia de tercera menor y una segunda semi-entonada sin precisión, en un estilo cercano, primero al habla, después al berrido. El pulso se mantiene constante, con tendencia a no utilizar patrones tradicionales de bombo-caja en la batería y sí con frecuencia los toms, creando un sonido más tribal.

Pero será en la tímbrica instrumental de guitarras y en la armonía de bajo donde pegarán un salto sustancial con respecto a grupos coetáneos. La primera sección conserva una armonía en el bajo de dos notas muy rock, mientras que en la segunda se mueve sobre un nuevo centro tonal para ir realizando los más diversos intervalos, haciendo hincapié en los disonantes (abundan la quinta disminuida y las septimas). Las guitarras se centran en el ruido de la distorsión, coloreando la armonía e imprimiéndole una gran variedad de armónicos. La melodía de mandolina de la guitarra sería un clásico del rock alternativo de los 90 (Radiohead, sin ir más lejos).

La muestra que os dejo aquí es de un directo del año 98 en el que al final dan muestra de su sentido de la experimentación con el ruido, con acoples de micros y guitarras de todos los colores. Os recomiendo también un vistazo al videoclip original dirigido por Richard Kern que está muy simpático, por así decirlo.

[Youtube = http://www.youtube.com/watch?v=ygIELGqX2dk%5D

25 julio 2009 at 2:21 pm 4 comentarios

STRANGE FRUIT – Billie Holiday


Compuesta y escrita por Abel Meeropol en 1939. Grabada para Commodore Records gracias a Milton Gabler, ya que la casa discográfica de Holiday, Columbia Records, rehusó grabarla.

Hace unos días se cumplían los 50 años de la muerte de la increíble “Lady Day”. Decidirse por una canción de su repertorio como homenaje es tarea ardua: “Don’t Explain”, “Solitude”, “My man”… Pero cuando se escucha a esta Billie ya tocada por la heroína interpretando en directo “Strange fruit” con el único acompañamiento del piano (excepto el último acorde), se disipan las dudas. Es demoledora.

Lo mismo han debido pensar muchas, muchas personas, porque resulta que la revista Time consideró en 1999 que era la mejor canción del siglo XX. Nada menos. Y es que para algunos ha supuesto la mejor experiencia de agitación y propaganda política de la historia. Y, además, es poesía y música. ¡Que maravilla!

El texto os lo adjunto más abajo para que podáis disfrutar plenamente de la experiencia. También os daré algún enlace interesante sobre la canción. Ya sabéis que para mi lo primero es la música, aunque aquí tenemos que hablar casi de mousikē en el sentido más clásico, en que se unen sin distición música y poesía. De hecho, la primera vez que la escuché esta interpretación se me vino a la mente un lied del XIX. El texto hace referencia a los linchamientos que seguían produciéndose en el sur de los Estados Unidos. Los cuerpos de los negros colgados de los árboles son esa “extraña fruta” de la que nos habla en una hermosísima y terrible metáfora. Sobre el cálido y bucólico ambiente del sur (escenas pastoriles, el olor de las magnolias, la brisa del sur, los álamos) cae la tremenda realidad de la muerte, algo que impactó a Abel Meeropol pese a (o precisamente por) ser judío y de origen ruso. Con esos antecedentes y metiéndose en tales sutilezas, le tocaría declarar frente al comité Rapp-Coudert sobre la posible influencia comunista. Que cosas.

Sobre la música propiamente dicha, lo que más destaca en las grabaciones de Billie Holiday es siempre su personalísima voz. Es curioso que sea tan extremadamente limitada (apenas una octava), y aún más cuando las drogas y el alcohol fueran mermándola. Pero sería la forma de interpretar, casi podríamos decir de “vivir” cada una de sus canciones, la que haría que se convirtiera en una cantante irrepetible. Dos hechos hacen que pueda sentir en lo más profundo la letra de “Strange fruit”. Por una parte, sufrir ella misma la segregación racial, teniendo que utilizar el montacargas en algún hotel y muriendo su padre sin que ningún hospital le atendiese por su condición afroamericana. Por otra parte, su turbulenta vida, con episodios como la prostitución, violación, drogodependencia, alcoholismo, encarcelamiento… Una persona que podía entender a la perfección cualquier canción que hablase de dolor y de sufrimiento.

No podemos olvidarnos de las raíces de su música. Es evidente que la intensidad emocional que imprime Billie Holiday parte del blues. A mi me recuerda mucho, y he confirmado que fue una de las fuentes de las que bebió, a Bessie Smith. En esta canción, o en la manera que tiene la Holiday de afrontarla, se dejan ver estas profundas huellas del sur. Louis Armstrong también sería una referencia para Holiday, si bien el trompetista revolucionaría la canción americana a muchos niveles que escapan de una mera influencia personal. A esta sólida base imprime Lady Day su personalidad, especialmente en los giros vocales que nos recuerdan al habla, en delicados portamenti de altura imprecisa pero exactitud meridiana. Éste es, tal vez, el recurso que más fascina de la cantante, junto a un impecable swing que hace que se mueva por el ritmo como trapecista sin red, siempre arriesgando.

Un último comentario para el sobrio acompañamiento de piano, muy adecuado a la ocasión. Como en un lied, remarca y profundiza en el texto y la melodía de voz. Los tensos silencios que crean cantante y pianista intensifican la expresividad del poema. Maravilloso su final, con un último acorde al que se une un grupo de vientos para, de inmediato, crear un silencio que deja sin respiración. No puede haber mejor punto final.

El prometido texto, con su correspondiente traducción:

Southern trees bear strange fruit, (Los árboles del sur tienen un fruto extraño)
Blood on the leaves and blood at the root, (Sangre en las hojas y sangre en la raíz,)
Black bodies swinging in the southern breeze, (Cuerpos negros balanceándose en la brisa del sur,)
Strange fruit hanging from the poplar trees. (Extraño fruto que cuelga de los álamos.)

Pastoral scene of the gallant south, (Escena pastoral del galante sur,)
The bulging eyes and the twisted mouth, (Los ojos abultados, la boca torcida,)
Scent of magnolias, sweet and fresh, (El aroma de las magnolias, dulce y fresco,)
Then the sudden smell of burning flesh. (Y de pronto el olor de la carne quemada.)

Here is fruit for the crows to pluck, (Aquí está el fruto que arrancarán los cuervos,)
For the rain to gather, for the wind to suck, (Para que reciba la lluvia, para que chupe el viento,)
For the sun to rot, for the trees to drop, (Para que el sol la madure, para que los árboles la suelten,)
Here is a strange and bitter crop. (Aquí está una extraña y amarga cosecha.)

[Youtube = http://www.youtube.com/watch?v=h4ZyuULy9zs%5D

Interesante artículo sobre la canción pinchando aquí.

21 julio 2009 at 4:34 pm 2 comentarios

THEY ARE THERE! – Charles Ives


Grabada en el Mary Howard Studio en New York City (1943). Basada en su canción “He is there!”, con diferente texto, de 1917.

Esta obra me la grabé de la radio (Radio Clásica, of course) de un concierto del Kronos Quartet. Estos amazing musicians pusieron la grabación original de Ives y sobre ella doblaron voces con las cuerdas, en una proyección sonora bastante lograda. Desde la primera escucha me enamoré de una canción que perfectamente le echa la pata al “God save de Queen” de los Sex Pistols. El tipo canta con la misma técnica de Johnny Rotten (o viceversa, claro está) y el piano es usado, con gran sabiduría, como si de un instrumento de percusión se tratase.

Es evidente que no es la calidad de la grabación lo que cautiva. Se trata, como podréis imaginar, de la emoción que transmite. Ives parece utilizar su música en esta pieza como arma arrojadiza contra la guerra, los políticos y los poderosos, es decir, según el autor los que hacen que no marche bien el mundo. Prácticamente estamos asistiendo a una batalla campal: Ives vs. lo malo del mundo.

Tendríamos que conocer algunos detalles de la biografía de este sorprendente autor americano para poder comprender su lucha. Para empezar, se ganó las habichuelas como agente de seguros. Sí, componía en sus ratos libres y tocaba el órgano para no sé que iglesia, pero nadie supo de su música hasta el final de su vida, cuando curiosamente hacían muchos años que se sentía ya incapaz de componer. Pese a pasar desapercibido para sus coetáneos, es considerado como uno de los padres de la música americana actual, ya que imprimió a la tradición musical europea un sabor nuevo que nos translada a los Estados Unidos con su despliegue de bandas de música de calle, ambientes urbanos, himnos religiosos, etc. Por otra parte, en su familia eran demócratas de toda la vida. Aquí empezamos a intuir que su obra no está exenta de una importante carga ideológica. Pero no era un demócrata al uso: fue más allá. Sus ideas resultaban muy radicales incluso para los demócratas de 1930, no digamos los de hoy día. Estaba a favor de un gobierno mundial para evitar las guerras (la League of Nations sería un primer paso), un límite a los sueldos anuales de los ejecutivos, un teléfono nacional de votación para cuestiones que más directamente afecten a la nación y la prohibición de que cualquier persona rica pudiera interferir en el gobierno. Curioso, ¿verdad?

Son muy bonitas las palabras, “hay que hacer esto”, “deberíamos luchar por aquello”. Él fue aún más alla y, para muestra, un botón. Cuando Lou Harrison estrenó en 1946 su 3ª sinfonía y, gracias a ello, Ives ganó el Pulitzer se deshizo del premio monetario (la mitad se lo dio a Harrison), diciendo que “los premios son para chiquillos, y yo ya estoy mayor”. Señor Charles Ives, cuénteme entre sus mayores admiradores.

Con todos estos datos podemos ya enfrentarnos a una letra cargada y dispuesta a disparar. Con respecto a la obra musical en sí comentaré que utiliza, como hizo frecuentemente, la forma de canción que nos recuerda a un himno patriótico. Sobre una melodía de este tipo, Ives situa un acompañamiento en el piano que resulta a veces muy tradicional, pero que de repente ataca con furia las bases armónicas convencionales. Destacaré el uso del cluster en los estribillos, que nos recuerda al fragor de la batalla. También es muy interesante los rubati que surgen aquí y allá para dar mayor emotividad al texto, como si de un lied se tratara. Charles Ives fue un compositor que hizo uso de la politonalidad con frecuencia, superponiendo melodías muy distintas en un collage sonoro. Aquí es evidente que utiliza todo tipo de tonalidades superpuestas, si bien en general hace más un uso de la armonía por su sonoridad.

El resultado es, para mi, demoledor. Os dejo la letra para que podáis disfrutar de este luchador incansable. ¡Tres hurras por Ives! Hip, hip, hooray…

THEY ARE THERE!

There’s a time in many a life
When it’s do, though facing death,
When our soldier boys
Will do their part that people can live
In a world where all will have a say.

They’re concious always of their country’s aim,
Which is liberty for all.

‘Hip, hip, hooray,’ you’ll hear them say,
As they go to the fighting front.

Brave boys are now in action!
They are there, they will help to free the world.

They are fighting for the right,
But when it comes to might,
They are there, they are there, they are there!
(You bet they’ll be!)

As the Allies beat up all the war hogs.
Our boys’ll be there, fighting hard,

And then the world will shout
the battle cry of freedom,

Tenting on a new campground,
Tenting tonight, tenting on a new campground,

For it’s rally round the flag of the People’s New Free World, shouting the battle cry of freedom!

When we’re through this cursed war,
All those dynamite-sneaking gougers,
Making slaves of men (God damn them),

Then let all the people rise
and stand together in brave, kind humanity.

Most wars are made by small, stupid,
selfish bossing groups,

While the People have no say,

But there’ll come a day,
Hip, hip, hooray,

When they’ll smash all dictators to the wall!

Let’s build a people’s world nation, hooray!
Every honest country free to live its own,
native life!

They will stand up for the right,
But when it comes to might,
They’ll be there, they’ll be there, they’ll be there!
(You bet they’ll be.)

Then the People, not just politicians,

Will rule their own lands and lives,
And you’ll hear the whole universe
Shouting the battle cry of freedom,

Tenting on a new campground,
Tenting tonight, tenting on a new campground,

For it’s rally round the flag
of the People’s New Free World,
Shouting the battle cry of freedom!

17 julio 2009 at 11:17 am Deja un comentario

SOUL SACRIFICE – Santana


Interpretado en directo el 16 de agosto de 1969 en el Festival de Woodstock. Aparece en el álbum de estudio Santana (Columbia Records, 1969).

Tan sólo unos meses antes Santana había grabado un álbum homónimo, el primero de su carrera, y aún no había sido lanzado. Llegan por tanto a Woodstock al mediodía de la segunda jornada, digamos que en plan calentar al público para los tochos que vendrían a la tarde-noche (Janis Joplin, Sly & The Family Stone, The Who… no digo na). Se trataba de un grupo de chavales que apenas llegaban a los 20 años y eran pura energía. Justo lo que un público que empezaba a animarse necesitaba, y justo lo que podemos apreciar en el montaje que se nos legó del evento.

Carlos Santana y su grupo llegaban a Woodstock con una fusión entre blues-jazz-rock y música latina (si me permitís las categorías). Para ello contaban con el grupo convencional de psicodelia de la época (guitarra eléctrica, bajo, teclado y batería) más la percusión latina (en este caso se ven en escena congas, bongós y timbales, aunque luego, como veremos, habrá más) que siempre aporta su punto étnico. Tocaron “Soul sacrifice” para terminar, aunque añadirían, ante el clamor de la gente, un bis. La elección del tema no era gratuita. La energía que desprende sus ritmos obsesivos, la repetición constante del bajo y la ácida guitarra de Carlos irán incendiando al público durante nueve minutos en un crescendo de intensidad emocional (que no sonora) verdaderamente admirable. La idea es simple, lo difícil es mantener durante tanto tiempo la intensidad. Para ello harán uso de un recurso muy jazzístico y que el jazz-rock y el blues-rock explotarían hasta la saciedad: las improvisaciones a solo. Y hay que tener mucho que decir con tu instrumento para continuar “souleando” cuando los demás lo han dado todo.

Para empezar se presenta el tema en la guitarra. A partir del segundo minuto nos quedamos con la sección rítmica, es decir, bajo, batería y percusión, trincando el teclista unas maracas y Carlos Santana un cencerro, para acentuar el rollo percusión latina. Y tras un minuto de percusión, reducimos aún más, comenzando el famoso solo de batería que se marcó un Michael Shrieve de 19 añazos y que va recorriendo cada parte del instrumento con el pulso constante del pie de charles, muy a la usanza del jazz tradicional (por cierto, coge las baquetas también a la antigua, con la izquierda cruzada). Tras una buena dosis de “tribalización” y la marca correspondiente regresamos al solo de guitarra de Santana. Para mi gusto no le quedó de dulce, pero me agrada la forma que tiene de tomar ideas de su país natal (México, para más datos) y fusionarlas con las escalas de blues e improvisaciones jazzísticas. En breve dará paso al teclista quien, con descompuesto rostro, realizará un solo comedido pero enérgico, que irá cargándose de notas para llevar el tema al éxtasis. Es el momento de retomar la idea inicial, una simple secuencia de tres acordes sobre la escala pentatónica de blues -nótese que es el mayor movimiento armónico que se produce en todo este tiempo. Y, como broche final, una fantástica coda, tras un tenso silencio remarcado en el vídeo con un “negro”. Me encanta cómo han trabajado este final en el grupo, cómo inciden nuevamente en el centro tonal (a la manera clásica) y la fuerza con precisión que demuestran. El montaje aquí, como en el resto de la actuación, está muy acertado, marcando los tiempos fuertes con planos de un público totalmente entregado al grupo y, debo suponer, al cannabis y otras sustancias alucinógenas, con tío en pelotas incluido. Muy Woodstock.

[Youtube = http://www.youtube.com/watch?v=XnamP4-M9ko%5D

13 julio 2009 at 3:47 pm Deja un comentario

CONCERTO PARA CLAVE Nº 5 EN FA MENOR BWV 1056 – Johann Sebastian Bach


Segundo movimiento (Largo) compuesto en 1735.

La música puede abandonar a su época y autor para volar muy alto, para devenir eternidad. Hemos de olvidar el contexto, el marco en que deberíamos situarla, y simplemente escuchar con oidos nuevos, no alterados por el conocimiento. ¡Qué daría yo para escuchar por primera vez este increible largo de concierto! Es lo que tiene la modernidad, que podemos escuchar una y otra vez las mismas piezas, que van erizando nuestra piel un poco menos a cada escucha.

Por fortuna, existe situaciones que nos permiten recordar lo que sentimos cuando estos sonidos se ponen en movimiento. En mi caso, el redescubrimiento vino de la mano de Woody Allen y su magnífica película “Hannah y sus hermanas”. Supongo que ya sabréis que Allen utilizaba su colección de discos para las bandas sonoras. Sí, es cierto que el hombre es un apasionado del primer jazz y que casi toda su abundante producción está trufada de dixieland, swing, big bands y un largo etcétera de piezas del estilo. Sin embargo por aquí y por allá aparecen joyas de la música clásica, que también deben apasionar al neoyorquino. La escena en que esta música es protagonista nos muestra a un Michael Kaine enamorado de la hermana de su mujer que se hace el interesante poniendo esta pieza (en vinilo, por supuesto) en su interpretación para piano y cuerda. Y con ese gesto queda todo dicho.

¿Por qué tenemos que despreciar (en cierto modo) cuestiones sociales y musicales para volver a cargar de significados a estas músicas? Bien, vuelvo a lanzar una hipótesis con su argumentación y todo. Para empezar, un concerto de 1735 era una pieza italiana -que Bach funde con su estilo alemán, inaugurando así el concierto para teclado– que constaba de tres movimientos. El lento es siempre el segundo, y por tanto va precedido y continuado por otra música. De hecho, este movimiento termina esperando continuidad, y si escucháis la versión completa os daréis cuenta de que finaliza en la dominante de fa menor, tonalidad del último movimiento, aunque éste se desarrolla en el relativo mayor, caso frecuente en los concerti en tonalidades menores. Es evidente que tenemos que olvidarnos de todo esto para disfrutarlo “per se“. Parece demostrado que los concertos para clave de Bach fueron reelaboraciones de concertos para violín o, en este caso, para oboe. Hoy día sería como volver a cantar la misma canción pero “remezclada”. En su época, esta situación era muy frecuente y difiere de lo que pueda significar hoy día reelaborar un material precedente. Como las músicas eran escuchadas exclusivamente en sus interpretaciones en vivo, una pieza de Bach podía oirse muy poquitas veces, e incluso en una única ocasión. Este hecho ha provocado la desaparición de un gran número de piezas del autor, quien quizás veía en sus partituras caducadas más utilidad para encender fuego o limpiarse las botas llenas de barro del lluvioso Leipzig. Y, por tanto, una pieza que ya no se escucha puede volver a escucharse como si fuera otra pieza. Y ya está. Al fin y al cabo, los grandes barrocos no dejaron de ser unos artesanos asalariados para nobles y gobernantes, y había que ganarse las habichuelas todos los días.

Una visión poco romántica, ¿no? Y sin embargo, ¡qué sublime resulta en la escena que comenté antes! Pero bueno, ¿es que Bach no tuvo nada que ver con que esta música nos resulte sublime? ¿Tan sólo una suma de condiciones “ambientales” nos hacen sentir determinadas sensaciones con determinadas músicas? No lo veo así. Bach era un músico de su época, un currante del copón y padrazo de veintitantos niños (bueno, en esta época ya grandullones), y es probable que lo que hoy consideramos “romántico” en nada tocase a su forma de entender la música. Pero hizo un buen trabajo. Digo más, un trabajo sublime.

Leyendo el “Grout” de Historia de la música occidental me encuentro con la crítica que un coetáneo llamado Johann Adoph Scheibe hizo al estilo de Bach en 1737. En ella es acusado de resultar aburrido, ampuloso, confuso y de oscurecer la belleza de su música con un exceso de artificios. Nuevamente un ejemplo de lo necesario que resulta escuchar la música de los clásicos con oídos nuevos, porque si usásemos los del pavo este… El concerto BWV 1056, y especialmente su largo, se encuentra cabalmente en las antípodas de lo descrito por Scheibe. La línea melódica avanza con una sorprendente delicadeza con el soporte del pizzicato de las cuerdas, resultando (en especial en la primera sección) luminosa y sencilla, el contrapunto está usado con la prudencia y simplicidad de un sabio y la forma se nos muestra como si de un libro abierto se tratara. Una sencilla forma que termina de manera inestable, como ya comenté anteriormente, lo que me recuerda a los breves movimientos lentos de los conciertos de Vivaldi. Bach ofrece al intérprete una partitura que podrá llevar hasta la cima de los sentidos.

Y pasemos, por tanto, a la cuestión de la interpretación. Dos se ofrecen aquí: la primera para clave y la segunda para piano (que es la que se escucha en la película). Si me preguntáis, las dos maravillosas. La sutileza del clave está acentuada en esta grabación, los adornos comedidos y la precisión rítmica roza la perfección, permitiéndose Pinnock pequeños rubati que aportan una emoción contenida. La de Gould, bueno, ya conoceréis al personaje, uno de los mejores intérpretes del maestro alemán, y en este caso (¡por suerte!) no se le escucha cantando por detrás. El piano carga las tintas de la expresividad y, sobre una punzante cuerda, llena de calidez y sensibilidad el espacio sonoro. La imagen mental que se me viene a la cabeza es la de una manta cálida que te arropa ese día frío de invierno; llueve en la calle, la chimenea está encendida y está anocheciendo.

Llegó la hora: pónganse los oídos nuevos, cierren los ojos y escuchen.

Versión para clave: Trevor Pinnock y The English Concert
[Youtube = http://www.youtube.com/watch?v=NLrNhMGPQtk%5D

Versión para piano: Glenn Gould
[Youtube = http://www.youtube.com/watch?v=S7mzHZIrqtc%5D

Escena de Hannah y sus hermanas (Dirigida por Woody Allen, 1986). Esto es para abrir boca, porque desgraciadamente no he encontrado a la que hago referencia. En cualquier caso, se aprecia el ambiente en que la música de Bach hará su aparición. Y así tendréis que veros la peli completa :D
[Youtube = http://www.youtube.com/watch?v=ieoFkuu_aNM%5D

Y, por último, para los que quieran escuchar el concierto completo. Aviso: no sé por qué pero la grabación del primer movimiento no parece coincidir con la de los otros dos. :S
[Youtube = http://www.youtube.com/watch?v=tOKIHzd7sZM%5D

11 julio 2009 at 7:08 am 6 comentarios

BLACK SNAKE MOAN – Blind Lemon Jefferson


Grabación realizada entre 1926 y 1929 para la Paramount Records.

Este personaje se hizo relativamente popular en los años 20 (murió en el 29, apenas mediada la treintena) por su extraña forma de tocar blues rural. Y lo fue (popular) si pensamos que un artista negro haciendo música negra sureña en los EEUU de entonces tenía muchas opciones para realizar una grabación discográfica, y él realizó bastantes en sus últimos años de vida.

Parece ser que era imaginativo con las letras y que desarrolló la técnica de la guitarra de blues, si bien los bluesmen del Mississippi lo acusaron de “romper el rítmo” y de tocar música que no era bailable. El motivo: a ver quien tiene narices de marcar el pulso en esta pieza. Lo cierto es que funcionó, que muchos músicos de la época trataron de imitarle y que tuvo éxito comercial. En esta, su canción más conocida, la guitarra es interpretada como suele hacerse en el delta del Mississippi, con un acompañamiento a modo de bajo en las cuerdas graves, encargadas de marcar tiempos fuertes, y acordes sencillos en las cuerdas agudas que responden al anterior, a veces con notas añadidas o extrañas dentro de la escala pentatónica de blues. La protesta de sus coetáneos viene justificada por el hecho de que, con este acompañamiento, Blind Lemon Jefferson no creaba compases a la manera tradicional, sino que se salía, a su gusto o al del azar, de los patrones convencionales. A esto tenemos que añadirle los breves fragmentos melódicos en las cuerdas agudas, a modo de interludios entre letras, enlaces o remates de frase.

De que era una personalidad muy especial y tenía un curioso feeling para la música da sobrada muestra este tema. De hecho, el jazz y el blues nacen con la característica rítmica llamada “off-beat” (fuera de pulso), que significa que la melodía parece un poco descuadrada con respecto al ritmo. Esta cualidad la siguió manteniendo muy en especial la música negra, y actualmente es fácil escucharla en piezas contemporáneas de R&B. En el caso que hoy nos ocupa, no sólo estamos hablando de un “off-beat” sino de algo más acentuado y personal.

Saliéndonos ya de la cuestión rítmica, hay una característica de este blues que me fascina. Como todos ya sabemos, el blues nace de un sentimiento propio de la población negra americana que arraiga en sus tradiciones africanas y en los cantos de “call and response” que realizaban. Esto es, a menudo, difícil de apreciar, ya que la música tradicional africana suele estar acompañada de instrumentos muy diferentes de los que los afroamericanos utilizaron en el nuevo continente: guitarra, piano, corneta, etc. Sin embargo, en este caso escuchamos un canto que bien podría desarrollarse en el áfrica negra. Tan sólo tenemos que imaginarlo acompañado de yembés y otros instrumentos de percusión, ¿no os parece?

Para una audición comparada, banda sonora de la película Black Snake Moan. En este caso desaparecen las características propias del músico sureño de los años 20. El montaje es la peste y hay que aguantar una parrafada inicial, pero es lo que he encontrado que no sea el trailer. “Sorry me”.

9 julio 2009 at 7:51 am 2 comentarios

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De Madonna al canto gregoriano: una muy breve introducción a la música
Nicholas Cook

Quizás el subtítulo es lo que más pudiera despistar de este fantástico alegato contra la tradicional concepción "elevada" del arte musical con mayúsculas. Especialmente recomendado para quienes, como yo, procedemos de conservatorios y se nos ha insistido en la predominancia de Beethoven o Brahms sobre las músicas "menores".

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