Posts tagged ‘Orquesta Filarmónica de Viena’

EL DANUBIO AZUL – Johann Strauss (hijo)


Título original: An der schönen blauen Donau (En el bello Danubio azul), opus 314, compuesto en 1867.

Es tradición mía de año nuevo, desde que tengo memoria, levantarme el primer día del año, poner la tele y encontrame con la Filarmónica de Viena interpretando, entre otros, este afamado vals. Burgueses de todas partes tocando palmas en viejuna alegría o soñando íntimamente con el momento en el que decir a sus amistades: “yo estuve allí”.

No, no es el hecho de ir a un concierto el día 1 de enero lo que me resulta criticable, sino que éste en concreto resume todo lo negativo que tiene, para mi, la música clásica: el envoltorio. Los trajes de gala, el snobismo, la exclusividad… para poder escuchar una música, eso sí, maravillosa. Y es que si los Strauss, especialmente Johann hijo, se han convertido en símbolo musical de Viena, por algo será.

Recordemos que los valses y polkas que compuso, que ayudaron a popularizar esta música en Austria, eran bailes de salón para las fiestas de la época. Estamos en el siglo XIX, la tiempo en que una burguesía estilosa busca conciencia de clase. Esta música les unifica, les sitúa en el status que quieren. En este sentido, poco se diferencia de músicas populares posteriores como el rock and roll o incluso el rap, que marcaban de alguna manera a quienes la interpretaban, bailaban y admiraban.

Por tanto, si bien es una música que identificamos rápidamente con Austria, y en ese sentido se ha convertido en nacionalista, lo cierto es que el proceso ha sido un poco a la inversa: se ha querido relacionar a esta música con el país. De hecho, está considerado el segundo himno nacional austríaco. También se relaciona vals con música clásica, y esto es debido (pienso) a que es una de las pocas músicas de este género que ha llegado a popularizarse a un nivel comparable con otros más apreciados por los mass media como el pop.

Es año nuevo, he encendido la tele y allí estaban orquesta, pingüinos, marchas, valses, polkas, dorados, adornos florales… toda la parafernalia. ¿Por qué este vals es diferente del resto de músicas que suenan en tan señalado concierto?

El lento inicio, con trémolo de cuerdas, suave llamada de trompas y respuesta de las flautas, no nos prepara para un vals sino para una escena. Es música programática, es un manso Danubio aproximandose a Viena. A continuación, cambia el carácter para acelerar el paso brevemente, con un repentino frenazo en una serie descendente que termina en notas que quedan sueltas por el aire de la sala en la cuerda grave… y arranca la conocida melodía insertada en el un-dos-tres tradicional.

Pero Strauss no facilita el sentido de baile. No me lo imagino pensando en bailarines deslizándose por un salón burgués. De hecho, la pieza fue un encargo del director de un coro masculino vienés y tiene su letra y todo. Lo que sucede es que no funcionó bien como vals coral, pero reventó como vals instrumental. Así, la melodía ascendente que todos conocemos, rematada con dos rítmicos acordes en repetición, siguiendo siempre el mismo dibujo melódico, estaba pensada para las voces. Este es un detalle de importancia, ya que no es lo mismo una melodía instrumental (con más posibilidades, agilidad, tesitura) que vocal, especialmente de coro (un solista tendrá más posibilidades). Dicha simplificación melódica, el que sea cantabile, ayuda a su popularización.

Destaco su complejidad formal, volviendo recurrentemente al tema principal, pero también modificándolo a gusto. El propio Strauss apreciaba su coda, la variación última que hace del tema para darle sentido conclusivo. También me agrada especialmente cómo conjuga con maestría el sonido legato de las cuerdas y los picados del viento. La melodía gana en relieve y elegancia, y probablemente es esto lo que hace que funcione mejor como pieza instrumental. Las voces tienden a aplanar un poco la música.

A mi me encanta su rubato, técnica frecuente del XIX y que los valses utilizaron hasta la saciedad. De hecho, el vals vienés tiene un característico ritmo que consiste en acelerar un poco el un-dos y dejar el tres (tiempo débil, último del compás) algo suelto, destacado. Es un peculiar “groove” que da personalidad a esta música. También la complica y la nacionaliza. Lo mismo que los guiris son incapaces de seguir en condiciones un sencillo ternario de sevillanas, a los forasteros nos debería costar entender ese un-dos-tres del vals vienés.

Un último detalle que hace de esta una gran música es su inclusión en ese vuelo espacial de “2001: A space odyssey” de mi querido Kubrick (los que me seguís sabéis que siento debilidad por él). Cuando estás viendo esas escenas de gravedad cero en el transbordador espacial te parece que no existe música más liviana que ésta. Magistral.

Os pongo la versión de 2009 con Baremboim. No está mal, pero tampoco es la mejor. Se admiten propuestas. Me reservo opinión sobre la horterada (ups, se me escapó) de los bailarines. Se ve que los burguesitos se aburrían de escuchar y había que entretenerles.

No os perdáis la escena de 2001. Desde la introducción uno entiende que los nacionalismos carecen de sentido, que la música es algo más universal.

1 enero 2011 at 12:00 pm 1 comentario

CONCIERTO PARA PIANO Nº 5 – Ludwig van Beethoven


Concierto para piano n.º 5 en mi bemol mayor, op. 73 “Emperador”. Fue escrito entre 1809 y 1811 en Viena y está dedicado a Rodolfo de Austria (Cardenal), patrón y pupilo de Beethoven. Fue estrenado el 28 de noviembre de 1811 en la Gewandhaus de Leipzig. En 1812 Carl Czerny, estudiante del compositor, estrenó la obra en Viena.

Imagino a Beethoven, ya bastante sorderas, encerrado en ese desordenado cuarto que nos muestran algunas de las imágenes de la época, deprimido por su enfermedad y por la Europa que le tocó vivir. Lo imagino un pesimista empedernido, un sufridor nato, pero también un cabezota de tomo y lomo. Si la falta de vista obliga a potenciar los demás sentidos para conectarse con el mundo, la de oído debe provocar un notable enclaustramiento interior, un distanciamiento del medio que rodea. En el caso del maestro alemán, su mundo interior gozaba de un universo sonoro tan increible que era capaz de exteriorizarlo mediante geniales partituras como ésta.

Siendo el último concierto para piano del compositor, es también el más conocido. Se trata de una obra madura en la que se aprecian importantes innovaciones románticas de principios del XIX. Pertenece a la época “heroica” del autor, su período medio, una fase de crisis en que su creciente sordera le lleva a obras épicas y que reflejan su lucha interior.

Formalmente dista poco de sus homónimos clásicos, con la salvedad de que Beethoven no dejaba las cadencias a la improvisación del intérprete. Reproduce los tres movimientos clásicos: Allegro (Forma sonata) – Adagio un poco mosso – Allegro ma non troppo (Rondó). Los dos últimos movimientos se interpretan sin solución de continuidad y, teniendo en cuenta que el primero es notablemente largo, se crea así la ilusión de dos partes iguales en duración, algo que repetiría en otros conciertos. Como broche de oro tenemos la capacidad de desarrollo del maestro: partiendo de motivos musicales sencillos era capaz de generar piezas musicales enormes.

Junto al piano, instrumento romántico por excelencia, la orquesta está integrada por 2 flautas, 2 oboes, 2 clarinetes en si bemol, 2 fagotes, 2 trompas, 2 trompetas, timbales y la cuerda al completo. Una orquesta que empieza a tener unas dimensiones decimonónicas, pero que mucho tendrá que crecer todavía hasta llegar a las mastodónticas formaciones de Bruckner o Mahler.

Trataré ahora de hacer un análisis más detallado por movimientos, conforme voy presentando los vídeos.

El primer movimiento, una forma sonata, se aleja del clasicismo desde primera hora. En lugar de la tradicional estructura, Beethoven abre la obra directamente con un gran acorde de la orquesta al que siguen breves cadencias escritas en partitura. Hay que recordar que la “cadenza” aparecía al final del movimiento cuando, como decimos por aquí, “está to el pescao vendío”, y que aquí se le ha dado la utilidad opuesta: la apertura de la pieza. En estas cadencias vemos la importancia que tendrán las escalas y los trinos durante todo el concierto. Tras la última de ellas pasamos a los temas principales, ahora sí manteniendo la forma clásica de doble exposición, la primera a cargo de la orquesta y la segunda en las manos del piano solista. El desarrollo aparece como evolución lógica de estos temas y sin las separaciones y obviedades clásicas. De hecho, será frecuente que los desarrollos de sonata románticos se fundan o incluso comiencen ya durante la exposición. A destacar las escalas cromáticas descendentes en la mano izquierda (comienzo del segundo vídeo) y los trinos. En el tercer vídeo nos encontramos con una bellísima y muy delicada cadencia clásica. La coda de este movimiento es también particularmente larga, algo necesario para cerrar como es debido un movimiento muy intenso y enérgico.



El segundo movimiento es, sencillamente, maravilloso. Sin perder el carácter épico de la obra, adquiere éste un lirismo que es especialmente destacable en el piano. Beethoven aumenta el melodismo difuminando el ritmo mediante los rubati y el uso de algún grupo de valoración irregular. Vuelve a utilizar con profusión los trinos, perdiendo la mero función de adorno y tomando cuerpo como una sonoridad personal y propia.

El tercer movimiento sigue ininterrumpidamente al segundo y es un típico rondó. El tema principal es interpretado por el piano y luego respondido por la orquesta. Escalas en el piano introducen el segundo tema, con el mismo enfrentamiento (propia de los conciertos) entre piano y orquesta. En la tercera sección, a comienzos del 2º vídeo, se presenta el tema A (el primero) en tres tonalidades diferentes, en línea con los desarrollos de Beethoven. Precisamente rondando el 2º minuto de este vídeo hay un pasaje modulante del piano que me parece fascinante por lo atrevido que resulta. Lo más interesante es la potencia rítmica que despierta en la orquesta; el tercer movimiento de la forma concierto seguían aún manteniendo el carácter de danza que tuvo en su origen. Para el final, Beethoven se reserva una última carta bajo la manga: el piano y los timbales se responden suavemente, deteniendo el ritmo de la pieza, para luego rematar como se tenían que acabar estas cosas: con el chin-pún correspondiente.


Sobre la versión: después de escucharme media docena de versiones en el Youtube dí con esta maravilla, que me parece con energía suficiente para considerarla bastante “heroica”. Sin duda, la Filarmónica de Viena con Bernstein al frente es una apuesta segura. Y Zimerman, además de estupendo con esas barbas de jipi, está que se sale al piano. El sonido es un poco chillón y parece muy “tuneado” con la rever de la muerte, pero es mejor que todo lo demás que he escuchado.

11 junio 2009 at 12:12 am 4 comentarios


AUDICIONES


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