DE PROFUNDIS – Arvo Pärt

28 marzo 2010 at 10:01 am 3 comentarios


Para coro masculino, percusión (ad libitum) y órgano (1980)

La conjunción de elementos que tienen lugar en esta obra y esta interpretación suponen el pistoletazo de salida para páginas y páginas en la línea del, como se ha querido llamar, minimalismo europeo o nuevo misticismo o minimalismo sacro o etcétera. Y sí, dado que está aquí referido yo también caí en las mágicas redes de la música del estonio y del buen hacer del grupo vocal inglés.

Mi descubrimiento de Arvo Pärt se produce, precisamente, a través de dicho grupo, a quienes seguía como grandes intérpretes de música antigua y que me sorprendieron gratamente en un concierto en el Maestranza de Sevilla girando, si no recuerdo mal, “A Hilliard songbook” con obras de toda la saga de “neotonalistas”, por así llamarlos. Posteriormente me busqué el disco “Arbos” en el que los británicos interpretan varias obras de Pärt y… allí estaba, en la cuarta pista, el demoledor “De profundis”. Aunque me escuché obsesivamente el disco (vaaale, sí, la cinta grabada Xd) siempre recalaba en ese momento mágico en que el bajo da inicio, desde las profundidades de la clave de fa, al texto latino (“De profundis clamavi ad te, Domine”) y a la cansina e inexorable hilera de blancas que configuran la “melodía” del motete.

¿Qué era aquello que me fascinaba? Daré algunas pinceladas. Para empezar, debemos saber que Arvo Pärt, tras una primera etapa en que fue pasando por varios estilos más o menos obsoletos para su época y que le provocaron algunos problemillas con la burocracia soviética, se enfrascó en el estudio de las raíces musicales occidentales: el canto gregoriano y las primeras polifonías. De esta faceta surgió la idea de realizar una música infinitamente más simple que la que hasta el momento había producido, basada en una sencilla sucesión de acordes tríada sobre la que se superponen melodías que no difieren del propio acompañamiento en lo que a ritmo se refiere. Es decir, acordes y notas melódicas producen una textura homofónica que en muchas ocasiones coinciden en la armonía, pero que otras (gracias a un hábil uso de las inversiones de acordes) van a generar interesantes disonancias que no llegan a ser suficientemente “dolorosas” como para que se produzca un rechazo en los oídos menos acostumbrados a los devaneos de la música contemporánea. Esta situación de consonancia vs. disonancia se va a reforzar por la rítmica de la que suele hacer uso, normalmente constante y de tempo lento. A este sistema lo llamó el compositor “tintinnabulum”, debido a que los acordes tríada sonarían como un “tintinear de campanas”.

El éxito que su nuevo sistema tuvo, especialmente a partir de los 90, creo que estaría bastante relacionado con el advenimiento de las músicas de la “nueva era“, que encuentran su espacio en ese punto medio entre consonancias eternas y sonidos suaves de ritmos lentos con algunas notas añadidas en los acordes que hacían sentirse inteligente a un público burgués de masas. El hecho de que Pärt encontrase una nueva espiritualidad en su música haría que conectase más aún con oyentes posmodernos con grandes necesidades de respuestas a las grandes preguntas de la vida. Yo estaba entre ellos.

En mi caso, existe otro motivo que ha hecho que esta obra ocupe un lugar especial. Se ha relacionado al compositor con el minimalismo, si bien es una afirmación bastante, bastante relativa. El minimalismo tiene su origen en los Estados Unidos y está íntimamente unido al pop, además de basarse en premisas musicales radicalmente diferentes de las del Arvo Pärt. Pero, curiosamente, en algunos momentos se produce una increíble proximidad entre el misticismo arcaizante de “De profundis” y encadenamientos de acordes que podríamos llamar pop. Destaco, en este sentido, la sucesión que escuchamos a partir del minuto cuarto de esta audición, que nos llevará, ya pasado el quinto, a un climax disonante de gran emotividad. Cómo no buscar un lugar en mi discografía para tan extraña conjunción: Perotín con U2.

Otro gran acierto es la instrumentación. El órgano va presentando las notas de los acordes (a veces con mayor libertad, sin ahogarse en su propio sistema) en diferentes octavas e inversiones con un ritmo de negras, mientras el coro interpreta sus melodías a ritmo de blancas. La percusión (bombo, tam-tam y campanas tubulares), dada a marcar los ritmos, se encarga aquí de reseñar momentos importantes, dando color y emoción con golpes simples. Como muestra, el golpe final de la campana.

Hemos hablado del ritmo, de su avance lento y cansino, de la combinación rítmica entre órgano y coro. El Hilliard Ensemble cumple a la perfección con las espectativas, y es la versión que más me gusta de esta obra (y me he escuchado unas cuantas). Una pega (de la que también adolecen las demás). Cuando la intensidad sube, el ritmo, de forma natural, se acelera. Me encantaría escucharlo aguantando e incluso reteníendolo un poco, ya que (a mi entender) se produciría una sensación aún más intensa en los climax. Bah, un detallito.

Os dejo por fin con la música. No os olvidéis del texto, tan suplicante como los sonidos a los que acompaña.

[Youtube = http://www.youtube.com/watch?v=1eSz2J3nS2o]

The Hilliard Ensemble

David James contratenor
John Potter tenor
Paul Hillier barítono
David Bevan bajo
Christopher Bowers-Broadbent órgano
Albert Bowen percusión

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3 comentarios Añade el tuyo

  • 1. diminuta  |  28 marzo 2010 a las 10:43 am

    a mi también me encanta esta obra y en especial esta versión, te transporta! gracias por descubrírnosla en su momento :)

    Responder
  • 2. andrés r.  |  10 octubre 2010 a las 1:09 am

    Aterradoramente fascinante la música de este hombre, lo conocí por medio de otro gran compositor; Pendereki.

    Responder
  • 3. maria  |  5 diciembre 2010 a las 10:31 pm

    Hermoso. Momentos en que las palabras no tienen sentido. Slds.

    Responder

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